(Por Cecilia Godoy Velasco)
¿Qué diferencia existe entre haber estado loco en 1917 y hoy? ¿Qué diferencia real existe en las preocupaciones humanas que aquejan al ser como individuo que vive, luego respira y lo que es peor, siente?
Es una realidad. El siglo XXI con su llegada arrasó con todo, tradiciones, costumbres, valores. Con todo menos los elementos perentorios a cambiar, si no muy por el contrario, trayendo incertidumbre, sentimiento de deriva, sobre explotación a la clase obrera, alejamiento de las brechas sociales, problemas que aquejan al hombre en lo más profundo de su ser y su convencimiento como lo es la locura (esquizofrenia y paranoia), estrés, depresión y tantas otras.
Es verdad que en muchas materias el ciudadano contemporáneo ha evolucionado, pero en materias esenciales, nos quedamos estancados en la cuestión social de principios del siglo pasado.
Nuestra vida es una continua invitación a que la locura entre en nuestro corazón y ahí se anide y eche raíces, mientras seguimos como si aquí no hubiera pasado nada. Un ejemplo de esto son las injusticias sociales que a diario se ven; en una misma calle una casona de lujo con 8000 pisos y 5 autos deportivos del año, pero un par de pasos más allá un muro que divide a esta gran mansión de un campamento que se cae a pedazos y que siente cada invierno la inclemencia de la lluvia. Hombres y mujeres que deben abandonar a sus hijos por la mañana, mucho antes de que ellos despierten, para ir a trabajar con la sola esperanza de poder comprar un trozo de pan a la tarde, dónde sus sueños quedan relegados al plano de lo imposible y se esmeran aún más allá de toda capacidad humana por mejorar, sabiendo perfectamente que nada cambiará.
¿Tiene todo esto algún sentido, aún para el más comprensivo de los psicoanalistas? “El sueño del proletariado es algo absolutamente absurdo, al igual que su trabajo” (Camus, “El mito de Sísifo”.)
La actualidad, junto con el sistema implementado por aquellos que abusan del que no tienen, para poseer más, nos sume en un pozo de ilusiones rotas y lágrimas eternas que para obviarlas, terminamos creyendo que en realidad no existen, y se transforman invisibles a nuestros ojos; las comenzamos a guardar en el corazón y en nuestra mente, la realidad se tergiversa a vista y paciencia de Dios, y cuando despertamos (si es que lo hacemos) y descubrimos el error en el que estábamos…
Disgregación, discriminación, marginación, quizás en el mejor de los casos sólo la camisa de fuerza y el balde de agua fría diario sobre la cabeza. Todo esto por intentar comprender cómo $120.000 mensuales pueden alcanzar para mantener a una familia de 6 y un séptimo en camino.
El mundo nos invita a estar locos como el protagonista de la obra “El diario de un loco” de Gogol, nos seduce, nos engaña y sencilla y lamentablemente es más fácil decirle “Bienvenida” y dejarse estar, ya que de lo contrario se corre el riesgo inminente de perder lo que se entiende por cordura, en el intento, o sufrir una crisis existencial ante tanta barbarie y poner fin a lo que el sistema añora controlar: nuestra vida.