lunes, 28 de noviembre de 2011

La tierra es redonda

Me voy. Así sin más. Sin avisar, sin maletas, ni pasajes. Sólo con mis pies descalzos, así, tal cual como llegué. No, no me digas que me quede, porque ya no hay vuelta. Tampoco te molestes en ir a despedirme, pues no sé desde donde y a qué lugar partiré. No es de capricho, es por intuición. Nada más tengo que hacer por acá. La suerte está echada, como dijo el poeta, así que me voy.
No me digas adiós, tampoco me recuerdes. Será como un sueño, un letargo pasajero que poco a poco te sumirá en la inconsciencia de lo que no quieres recordar. Tampoco me extrañes, no habrá un porqué.
Saldré mientras no te das cuenta, y caminaré sin parar, desde el amanecer hasta el ocaso, y dormiré con los lobos en la sierra. Nadaré desnuda en los océanos, incluso los no descubiertos. Voy a saltar desde una cascada, y escalar la montaña más alta simplemente para poder gritar desde arriba.
No, no hay modo en que puedas convencerme que me quede. Las promesas hechas, ya no valen ni el suspiro gastado en ellas. Me voy a buscar tus palabras vacías esparcidas por el mundo. No voy a perderme, hasta donde yo sé la tierra es redonda.
No sé cuando volveré, si es que vuelvo.  Tampoco sé si me quedaré en un lugar. ¿Para qué preparar un camino que aún no comienzo?
Aún no parto, pero tu tristeza me embarga. ¿Ves como para ti ya no estoy más aquí? ¿Qué te atormenta entonces de mi partida?
Alégrate, porque tristeza no hay razón para sentirla. Me voy a vivir, a sentir latir mi corazón, a cantarle a la vida. Voy a reír, a llorar, a soñar, a construir un camino al caminar.
Ya es la hora, me voy. No me sigas y sécate esas lágrimas. Estos pies van a llevarme mucho más lejos de lo que jamás pensé estar. Siente paz, así como una madre al abrazar a su niño.
No me digas adiós, esto no es una despedida. Nos veremos de nuevo. Ya te dije que la tierra es redonda.

Nunca se sabe

Nunca se sabe el momento o el lugar.
Con quién, a quién o de quién.
El cómo, el para o el por qué.
Si llegaste o te llevaron.
Si fuiste tu, o fue otro.

Nunca se sabe la manera,
estás en el suelo, y al siguiente parpadeo
levantado.
Se desconoce la circunstancia,
la verdad;
La ocasión te elige a ti y no al revés.
No existen los planes, no figura un tal "mañana".

Nunca se sabe si de confiar se trata,
si de dinero se trata,
si de amar se trata.
No se sabe tampoco de la vida ni del tiempo,
de la naturaleza.
No aseguro que si tiro una piedra al cielo
esta va a caer siempre;
nunca he visto que no ocurra.
No se sabe absolutamente nada de generalizaciones, ni proyecciones.

De lo que sí sé
es de tus ojos y de los míos,
de las nubes y el viento.
Sé de este amor inconcluso antes de comenzar.
Sé de la muerte, meta del caminante,
que aguarda paciente.
Eso me hace estar un poco más tranquila.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Nuestra dama

Cuando las campanas de Nuestra Dama cada sesenta minutos comenzaban a sonar, toda la ciudad sabía que aquel muchacho, hijo de las sombras, estaba haciendo su trabajo. Tenían la certeza de que él era quien controlaba el tiempo, podían confiar en su persona  el transcurso tranquilo de sus vidas, el pasar de los años no era más un inconveniente.

Hora tras hora, se hacía presente, pero ningún ciudadano se preguntaba qué era lo que el campanero hacía esos 59 minutos restantes. Nadie lo sabía; quizá dormiría, o se dedicaría a crear alabanzas a Dios. Muchos decían que estaba loco y hablaba con las campanas, cuyo eco se esparcía por cada rincón cual grito en medio de la noche.
Fue entonces así, cómo poco a poco, la imagen del muchacho de las campanas se fue ensalzado en un aura sagrada, aldeanos de todo el país, venían a prenderle velas aún sin conocer su rostro, pensando que este; ahora ángel; podría concederles un favor.

Pues la verdadera historia es otra.
No era un Santo, menos un ángel. No era un ser amable, recto, que disfrutaba y se contentaba con la vida de servicio obligatorio que se le había encomendado. No era él quien hablaba desde la torre y la noche esparcía su voz. No era el campanero, el que tocaba las campanas.
Desde que el niño fue encontrado a las puertas de Nuestra Dama, se corrió el rumor que su padrino había tratado de matarlo, por la sola repulsión que le ocasionaba ver su rostro. Cuenta la historia, que pese a esto, lo acogió, y lo crió como si fuera su hijo. Pero la verdad era que este hombre, servidor que encontró a nuestro muchacho en cuestión, no lo maltrataba, sino todo lo contrario, lo amaba como si fuera su padre, lo educó en el amor y las leyes de Dios, le enseñó a leer, a respetar a los otros y a sí mismo. 

Mucho le costó, debido al carácter rebelde de su ahijado, que se negaba en aprender, no le gustaba ir a misa, escupía en su cara cuando no le gustaba la comida que él mismo preparaba para ambos.
Fue entonces cuando decidió enseñarle el oficio de campanero. Ahí dejaba a su niño mientras él iba a trabajar. Pero al muchacho nunca le gustó este trabajo, y con el tiempo empezó a acumular un rencor descontrolado y enfermo contra quien, en definitiva, le dio la vida.

Hora tras hora planeaba su huida, y se lo contaba a sus amigas gárgolas y campanas. Hasta que un día cuando todo estuvo listo y dispuesto puso en marcha su huída. Debía simular que él aún seguí a ahí, pero no podía volver a cada hora, para tocar las campanas. Tampoco podía dejar de tocarlas, pues toda la ciudad saldría a buscarlo, y de encontrarlo, lo matarían.

Cuando esa noche, su padrino subió las escaleras del campanario, se encontró con la sorpresa que no había nadie más ahí. Entonces, viendo que la hora de tocar se acercaba, tomó lugar con la intención de reemplazar a su hijo, para que no tuviera problemas con la guardia de la catedral. Sin embargo, cuando apoyó sus manos contra la pesada cuerda, el hasta entonces campanero, emergió desde las sombras, y con su sobrenatural fuerza, tomó por la espalda a su padre, lo amarró contra las cuerdas y lo dejó colgado mirando hacia ciudad.

-        -Hijo mío, qué estás haciendo, bájame de aquí para que podamos hablar sobre esto.

-        -No, tú te vas a quedar ahí, tocando las campanas, así como siempre lo hice yo.

-      - Por qué haces esto. Te amé como a mi propio hijo. ¿Qué hice mal?

-        -Nada, simplemente nunca me agradaste.

-        -No te vayas, todos van a notar tu ausencia y saldrán a buscarte.

-        -Te aseguro, padre mío, que nadie sabrá que no soy yo.

Y con un chasquido de dedos, despertó a las gárgolas, hambrientas, para que disfrutaran del festín.
Es entonces, como el ex campanero huyó con los gitanos, sin preocuparse de las horas, pues con cada mascada que las figuras de piedra daban sobre el cuerpo de su padrino, este trataba de zafarse, para huir del dolor y la agonía, pero al hacerlo inevitablemente tiraba de las cuerdas, haciendo sonar las campanas.

Cuenta la leyenda que aquel fugado aún vive, y vaga por el mundo, sin remordimientos por quién doblan las campanas. Pero  es un rumor. No le cuenten a nadie.

No quiero que salgan a buscarme.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Qué será de aquel

Qué será de aquel a quien miré de reojo
con la intensión que no correspondiera a mi mirada.
Qué será de quien me sostuvo la puerta en el banco,
para que rauda, pudiera pasar.
Qué fue del chofer de la micro de ayer,
habrá llegado bien a su casa? Me subí a su mismo bus, y no supe decirle: "hola!, otra vez"
Qué fue de aquel muchacho, cuyos ojos castaños y tristes evocaron la santidad que en mi alma habita,
una espiritualidad a ratos nefasta, que destruye lo que ama, y añora lo que dolor causa.
Qué fueron de esos ojos, que me besaban a la distancia?

Qué fue del escritor, que embargado por la angustia bohemia, esa auto impuesta para parir versos sangrantes, con aroma a alcohol. ¿Es que se fueron juntos a moler trigo carmín a París?ç

Siempre, cuando pinto mis uñas, me pregunto qué fue de tus manos, esas que presurosas y descontroladas, rozaban mi piel, con una elocuencia tan caótica, que hasta ahora creí que fue azarosa.
Aquel sol, que aparecía mañana tras mañana, como aureola sobre tus hombros cargados de pesar, me pregunta, qué fue del muchacho triste.
- "Un mal amor, suelo contestarle. Jugó con fuego, y se quemó"
-"Sé de esas cosas", me contesta, "tengo tantos, como hijas bastardas esparcidas por la negrura de este océano invertido."

A dónde fueron a parar las lágrimas que derramaste sobre tu almohada, desesperadas, rabiosas, cargadas al negro por la tristeza y oscuridad de tu corazón.

¿Qué fue de aquel, de ojos tiernos, de sonrisa inocente, dientes chuecos y cabello de nube?
¿Dónde lo dejaste, qué hiciste con él?

¿Qué será del muchacho de ojos tristes, que abraza mi cintura, deseando compensación por lo que no puede ser?

Qué fue de tantos otros que lloraron mi partida, y por quienes lloré yo también.
Qué fue de aquel, de aquella, de ti y de mi, qué será mañana o pasado. Vivos o muertos, antes o después del amanecer.
Antes o después que te bese.

Espero que sea después.