sábado, 28 de septiembre de 2013

Capítulo I: Rapunzel


“Rapunzel, Rapunzel, deja caer tu cabello para subir por él”  Príncipe

La Carola no tenía el pelo tan largo, muy a pesar suyo. Desde chiquitita su mamá se había esmerado en cuidarlo, cepillarlo, recortarle levemente las puntas para que no le florecieran y no obligarla a llevarlo como hombre como hacía su madre con ella. Pero, ávida de cambios radicales en su vida, Carolita, como le decían sus tíos, se afanaba por cortarlo. Al hombro, más arriba, la chasquilla… así se pasaba la vida.
La niña, desde pequeña sintió la necesidad imperiosa de moverse, experimentar cosas nuevas, sin tener ataduras que la ligaran definitivamente a ningún lugar. Puede que baste mencionar los 7 colegios en los que estuvo, la innumerable cantidad de actividades que siempre desempeñaba fuera del horario de clases. Foto obligada en cada página del anuario. La niña símbolo que tenía la clave del éxito; en dónde ponía un pie sabía cómo hacer para que hablasen de ella. Tenía una personalidad explosiva, si tenía que reírse, lo hacía con todo el vozarrón que le daban sus pulmones y si sentía ganas de llorar estando al frente de quien fuera, lo hacía sin tapujos. - La vida es una sola, y más aún; corta-, pensaba ella.

Ver a la Caro sonreír, era pan de cada día, era de esas personas chispeantes que alegraban cualquier lugar en el que se encontraran con su sola presencia… eso era lo que se creía/pensaba/comentaba. La realidad A.

 

LADO B

La Carola nunca vivió en edificios muy altos. La verdad es que no vivió en edificios hasta que alcanzó la tierna edad de 5 años. Y el orden creciente de los pisos de las viviendas era directamente proporcional a la edad que adquiría y a la desesperación intrínseca que le brindaba cumplir un año más de vida conforme la tierra daba una completa vuelta al Sol. No es que fuera mal agradecida, no. Pero de haber podido elegir otra vida, otras circunstancias, lo hubiera hecho. A los ojos de la gente (personas en general, las típicas que son cercanas pero no tanto) era una niña ejemplar. Estudiosa, esforzada, le iba bien, hacía actividades sanas, “niña de iglesia”. No salía de juerga, no tomaba, no fumaba (…) Perfecta a los ojos de los hombres. Pero eran comentarios que carecían de absoluta validez, de la puerta de su casa hacia dentro.
Toda la vida se la había pasado buscando la mera de agradarle a su madre, cosa que para la mayoría de las personas no debería ser un problema, es natural que las madres estén orgullosas de sus hijos. No era el caso. La Carola era mala, egoísta, mentirosa, floja, nunca estaba en la casa, desinteresada, poco empática, sucia, sínica. La Carolita, como le decían sus tíos para evitar darle el mismo nombre y por ende destino de su madre,  en definitiva, era igual a su papá. Quizás era por eso que su madre la odiaba tanto, o le desagradaba tanto verla.

La verdad es subjetiva y es mejor que cada quien la juzgue por sí mismo, pero lo que no está en tela de juicio eran las ganas irreprimibles de la niña por salir huyendo de ahí. Y no era un sentimiento reciente, sino que veníase alojando desde hacía mucho tiempo ya. A lo mejor desde la primera vez que la echaron de la casa, a los 7 años. Pero algo le impedía irse. Esta sensación con el tiempo fue empeorando. Las restricciones conforme avanzaban los años se volvían cada vez más intransigentes. No importaba si era un cumpleaños, una fiesta, algún taller, créditos extra en los estudios, la respuesta era siempre No. Su madre se empeñaba en tenerla cerca, encerrada en la casa, había momentos en que no le permitía siquiera encender la televisión. Pero teniéndola tan cerca, no la disfrutaba, sino que era simplemente para que no pudiera salir. Cualquier cosa que la llevara a otro lugar que no fuera estar ahí y que comenzara a disfrutar, le era arrebatado, sin importar lo mucho que pudiera hacerla feliz.
La Carola aún no tiene el pelo tan largo, y eso que se lo ha dejado crecer, pero la torre aumenta cada vez más de altura, separándola del sueño a una velocidad difícil de aguantar. Su único consuelo es mirar por la ventana y soñar con el día en que pueda partir lejos de ahí. Porque hasta ahora ningún príncipe ha sido capaz de darle lo que ella más ansía… que es su libertad.
Hace poco pasaba las horas de añoranza cantándole a las nubes… ya no lo hace. Le prohibieron volver a hacerlo.

 

 

El día después de una princesa

PRÓLOGO (BREVE)

No es de extrañarse querer un final feliz. Eso no tiene nada del otro mundo. Pero me asalta la duda sobre qué es lo que ocurre al día siguiente de ese "Y vivieron felices para siempre", ¿será así de verdad?
No quiero con este alcance sonar amarga, más por el contrario, mi intención es mostrar que de algún modo, todas las princesas lloran. Que me perdone Disney... pero aquí parte el lado B de ese beso de amor verdadero.