miércoles, 27 de julio de 2011

Capítulo 3: conciencia

El reloj cada vez se movía con mayor lentitud, y por sobre todo, el ruido del tiempo era tremendo. Le había sacado las pilas, pero este seguía retorciéndose en medio de su agonía, negándose a morir. Ya no marcaba la hora, pero seguía con su martírico tic tac sólo con el fin de hacer daño.
¿No era acaso esto, una perfecta analogía de lo que a su vida se refiere?
Pues bien, la única diferencia era que ella no usaba pilas.

Acostada sobre su cama, sin ni siquiera abrir las sábanas, miraba el techo. Las cortinas cerradas daban la ilusión de noche, auqnue apenas fueran las 3 de la tarde, la hora más tediosa del día. Cómo el día miércoles.
Tenía el notebook funcionando, el itunes encendido con una buena colección de sould.

Pensaba en él, en el tiempo que había pasado desde que lo conoció, cada beso, cada palabra, cara abrazo. ¿habrán valido la pena?. desde el fonde de la pieza de escuchó
- ¿y qué si no la valió, tu y yo sabemos que para lo que viene debes estar sola?, ¿por qué hacerle creer que la culpa es de él? Si así lo sintió, motivos tubo que haber tenido, que a tí no te pese. Queda poco, y lo sabes. O es que acaso vas a decirme no a mí, ¿vas a escogerlo a él por sobre mí?, ¿me vas a traicionar tú también?

Se dió vuelta y quedó mirando hacia la pared. Deseaba no tener oídos para escucharla, pero tenía razón. Era la único que le quedaba, y si había algo que el orgullo y ese complejo de reina que tenía desde siempre le habían enseñado era que  "una misma hasta el final, fidelidad hacia sí". Pero, ¿si en lugar de una, eran dos?

El sol se colaba entre las cortinas que no alcanzaban a cerrar, dejando una escuálida línea luminosa que divía perfectamente  en dos a Andaluz. El reloj seguía gritando, y esas voces no se apagaban.

- Sé que ha sido muy duro, no tienes que explicarme nada, yo estuve ahí cada vez que te caíste o hicieron que tropezaras. ¿Recuerdas que fui yo la que sin dudarlo y sin esperar nada a cambio te levanté? Recuerdas las palabras que te decía para consolarte, ¿lo recuerdas?

Era verdad. Durante su vida había pasado, no padecido, mucho. Pero en relación a otras jóvenes de su edad, había tenido suerte. No era adicta  a nada, considerando que el dolor no es catalogado como una droga propiamente tal. No había tenido que dejar los estudios para ponerse a trabajar, no le faltaba nada... aparentemente. ¿Qué más podía querer?

- ambas sabemos que un trato es un trato, -decía esa voz-, y ambas sabemos también, que no eres del tipo que rompen sus promesas, entonces ¿por qué te cuesta darle tu adiós "anticipadamente"?

- NO TE ATREVAS A TOCARLO, -gritó a lo que tenía frente a sí-, si lo haces, no respondo de mí misma.

- Por fin muestras tus verdaderas intenciones Andaluz, qué bien, así se pone más interesante el asunto. Tu tiempo y el de él se acaban a paso veloz, no sirve romper los relojes, el tiempo avanza del mismo modo que nuestro reencuentro. ¿No te alegra, que volveremos a ser una, por fin?

- Te lo suplico, no nos hagas esto.

- ¿Hacerte qué, pequeña ingrata?, o fui yo la que cerró el negocio. Atente a las consecuencias que ya no tardan en llegar.

- TE DIJE QUE NOOOOOOO...

Y en medio de ese grito desaforado, se avalanzó sobre lo que tenía frente a sí y que era orígen de su dolor. Sus manos empuñadas no dejaban de dar golpes azarosos pero efectivos mientras las voces no se acallaban y el reloj no cesaba su caminar.
El sol que poco a poco dejaba el cielo con su matiz rojizo dejó entrever la realidad en la habitación de Andaluz.

- Mis manos también se ven como el cielo, se dijo, mientras iba a buscar una escoba para barrer los pedazos del espejo roto.

sábado, 23 de julio de 2011

Capítulo 2: No apagues la luz.


“Cuenta  la leyenda, que cada noche al esconderse el sol y al no quedar rayo alguno en el horizonte, cuando ni los pájaros tenían el valor para cruzar el paraje, una silueta se veía caminar en medio de la nada.
Llevaba un abrigo de indescriptible color, por la falta de luz, y por el sonido de sus pisadas, unos zapatos con tacones.
El recorrido que hacía era el mismo cada noche, derecho, derecho, derecho. Gira a la izquierda, derecho. Se detiene. Alguien interrumpe su camino. Ese alguien cae al suelo y nuestra sombra misteriosa huye sin poder terminar su recorrido.
La misma leyenda cuenta que una mujer de mediana edad, pronta contraer nupcias, había recibido una carta en la cual, la citaban en la intersección de ciertas calles a una determinada hora. El mensaje tenía el carácter de urgente, por lo que no dudó un instante y corrió pensando que podía tratarse de alguna tragedia.
Pero al llegar unas cuadras antes del sitio acordado, un hombre la interceptó preguntándole por qué tanta prisa. Estaba Ebrio.
Ante la negativa de la muchacha, el sujeto en un ataque de ira, la tomó del cuello, azotándola contra el ladrillo de la pared contigua, matándola.
Desde entonces, al ponerse el sol nadie se atreve a salir de sus hogares, pues cada noche esta alma perdida intenta llegar al sitio del encuentro, pero de encontrarse con alguien, lo confundirá con su asesina y le quitará la vida, huyendo del lugar.”

Si había algo a lo que Andaluz le temía desde que era pequeña, era a la oscuridad. No era a la falta de luz propiamente tal, sino a su imaginación en medio de la umbra.
Toda clase de recuerdos pavorosos abandonaban el subconsciente, amo y señor de los sueños, y se hacían realidad en su habitación, por lo que no había tenido más remedio que recurrir a una técnica que la ayudara a dormir, así que metía todo su cuerpo dentro de la cama, no fuera ser que alguna mano negra fuera a tirarla de la cama, cerraba bien los ojos, y pensaba en mariposas.
Andaluz era una persona que gustaba del pensamiento, tanto de ella misma, como de otros. No perdía una sola oportunidad para reflexionar, y, mientras unos se ocupaban de cómo iban las acciones en la bolsa, ella estudiaba el accionar de su mente al dormir.
Ya lo tenía todo muy claro; boca abajo se tenían sueño placenteros y reconfortantes, en posición fetal hacia la izquierda sueño reconfortantes pero inconclusos, hacia la derecha sueños XXX. De lado no se soñaba nada y hacia arriba… con la boca hacia arriba se tenían pesadillas.
Andaluz más que tener un sueño que se interpretara como deseo frecuente, tenía una pesadilla recurrente. Esta consistía en que se perdía por una cierta ciudad, pero no podía volver al punto de inicio; generalmente el metro fallaba, pero nunca podía volver.
Había alguien de quien arrancaba, pero hasta entonces, no tenía la certeza si se traba de alguien o algo.
Esa mañana Andaluz despertó con la sensación que un plan debía ponerse en ejecución, porque al esconderse el sol, la gran jueza surcaría el cielo nocturno, y después de años de silencio, le rendiría cuentas a las dos.