Alta, delgada, con porte. Nariz respingada
que se alzaba por sobre todos. Una melena lacia, unos ojos celestes, adornados
con collares a su alrededor, marcas innegables de un pasado categórico. Los
pliegues en su piel ocultaban algo más que el polvo en las bastillas; historias,
secretos, vida.
Los rayos tímidos de un sol invernal hacían resplandecer las nieves de sus sienes, que intentaba ocultar vanamente con un sombrero a la moda. Los huesos podían entrevérsele entre las ropas; la blusa sería Gucci, pero ni así podría cubrir el paso del tiempo sobre ella.
Caminaba sin mirar a nadie, meneando audazmente la cadera con un suave vaivén. Sonreía, coqueta, al notar que era foco de miradas.
Lolita( podría haberse llamado así, o quizás no) ese día al cruzar Grecia con Macul no escatimó esfuerzos al ponerse los tacones en esos pies cansados, las medias negras sobre su arrugado cuerpo y la falda corta tableada, porque ese día… ese día Lolita quería demostrar que aún podía enseñar las piernas.