Te has quedado en mi cabeza, clavado cual astilla en un
dedo. Imposible de sacar. No hay pinzas, alfileres ni artificios que te alejen
de mis sueños. Me desespero, te miro callada para no decir una idiotez. No lo
logro. Evidentemente. Cada segundo frente a ti, es… puede ser… el último.
Y no quiero que pase un minuto más, en que gane el silencio
guardando mi secreto. Quiero perderme en tus ojos, morenos como tu piel, quiero
encandilarme con tu sonrisa, que sea yo quien las reciba. Una mirada, una
señal, para dejar el miedo que me frena a decirte lo que siento en verdad.
Se me seca la boca, las palabras me abandonan, una risa
porfiada asoma sin permiso, sin criterio.
¿Qué criterio cabe a lugar? ¿El del deseo de estar cerca de
ti? ¿Qué deseo?, si sólo con tu proximidad me conformo. Verte de lejos mi
premio, una palabra, basta para ilusionar mi día… un “escribiendo”, material suficiente para empoderarme y atreverme.
No, no alcanza.
Pero el miedo otra vez, la desesperanza de no poder bastarle
a tus brazos, qué daría… qué no daría porque me miraras. Súplica accesible,
pero lejana en mis pensamientos.