martes, 21 de abril de 2015

Recuerdo

Cuando volvió a abrir esa puerta blanca, no esperaba ver la casa reluciente, bien amoblada con el clásico olor a glade lavanda que tanto le gustaba a ella. Simplemente no quería ver esas cajas de cartón a medio llenar en medio de una laguna de trozos solitarios de cinta de embalaje. Cuando abrió la puerta, no había nada. El piso de adoquines estaba vacío, tal y como lo habían encontrado la primera vez que entraron juntos. Los rayones sobre la madera causaban estragos sobre aquel suelo distantemente inmaculado, manchado de recuerdos y de vida. Luego de una inspección rápida, tuvo total certeza de lo que temía. Ella se había ido, y no volvería. Se había llevado su ropa, sus libros, los DVD y la cafetera. Se había llevado la cafetera. En medio de la conmoción, subió las escaleras que se enfrentaban peligrosas al dormitorio principal. Su corazón latió rápido. Ahí sobre la cama, estaba ella. Recostada, altanera, desafiante… insolente. Con la mirada puesta fija sobre sus ojos, retaba a la poca serenidad que podía contener ese angustiado rostro, a un duelo encarnecido entre prudencia y desasosiego. Nunca la quiso, ahora lo podía ver con claridad, y nunca dijo nada porque el “amor y la loratadina todo lo pueden” De todas las cosas que pudo dejar para avivar la llama de su recuerdo, eligió la más infame, la más irrespetuosa. Esa gata de mierda lo acababa de expropiar de su cama.