De pronto, y en medio de todas esas nubes, que no solidarizaban para nada con su corazón, emergió un pálido sol, algo blanquecino y empolvado.
Ella sonrió. ¿Por qué no iba a hacerlo?
Abrió las cortinas de su habitación y dejó que la luz entrara nuevamente.
Era su cumpleaños.
Todo estaba igual a como lo había dejado, la noche en que se marchó, todo. Pero ahora algo se sentía diferente, algo en ella, en su interior.
Me dijo que en el camino conoció a Pierre, que lo vio morir, que supo al final la verdad de María. Que infame es el destino de algunos hombres.
Abrió las maletas, llenas de anécdotas y de recuerdos nuevos, pero, en dónde no había lugar para aquel pasado cruel que la obligó a correr hacia la nada.
Habían pasado 20 años, y la chapa de puerta seguía siendo la misma. Quizá porque su madre, guardaba la secreta esperanza de que algún día fuera a volver con una gota de perdón en los labios y en el corazón. Pero la pena de esa mujer pudo más y sus deseos se los llevó la muerte y el polvo de los sillones.
Cuando ella regresó a la casa que la vio crecer, llorar y huir, no sintió nada. Ni siquiera remordimiento o nostalgia, tal vez un poco de angustia al ver todo sucio.
Marchó hacia la pieza matrimonial, aquella en la que solía acostarse para ver televisión cuando su madre estaba fuera de casa, y quedose mirando el techo.
¿Cuántas cosas habían pasado que ella ignoraba?
Yo llegué al cabo de dos semanas, y el polvo estaba intacto, y ella… aún mirando el techo, tratando de recuperar el tiempo perdido con los fantasmas olvidados.
Mi padre miraba desde una esquina, invisible, cada día más insustancial, pálido, ausente; sin embargo ella no lo veía. Se había acostumbrado tanto a ignorarlo que terminó por desaparecer.
El sol le dio de lleno en la cara, y el tiempo se detuvo. El polvo comenzó a desaparecer y mi padre a tomar color. Así en medio de un sueño otoñal, la sonrisa en el rostro de ella volvió a aparecer tal como aparecería 20 años atrás. Mi madre salió de la cocina con un pie de limón coronado por dos velas que representaban sus 17 años al tiempo que le cantaba con la más melodiosa de las voces.
Ella me miró y con una lágrima corriéndole por la mejilla me confesó: hermana, he vuelto.
dedicado a la chinita que me robó el corazón mucho antes del chichón en la cabeza, y que me dice lo que está mal cada vez que yo hago tonteras