jueves, 6 de febrero de 2014

Capítulo III: El príncipe feliz

Esta es la historia de un príncipe feliz. Hay varios caminando por el mundo, y yo me encontré con este. Es un hombre de mediana edad, aunque diste mucho de representarlo, delgado, tan blanco como un fantasma; con unos ojos grandes y profundos, tan abiertos que ningún detalle, por minúsculo que fuera, podía escapársele. Tenía el cabello castaño, y una enorme sonrisa. Recuerdo al príncipe como una persona alegre, siempre brindando bienestar a su alrededor, sin importar lo adversa que fuera la situación. Nunca se le había visto triste, ni deprimido; tenía una voluntad de oro.

Sin embargo el príncipe no siempre estaba contento, pues había una pena que lo afligía. Cuando llegaba el invierno no había ninguna golondrina que quisiera sacrificar el calor del sol sobre sus alas por hacerle compañía, aun cuando varias se lo habían prometido.

El príncipe feliz, así, feliz y todo, había conocido por fin a una golondrina que lo hacía soñar con un calor eterno, en donde la crudeza del frío invernal no fuera más que recuerdos lejanos y borrosos de un pasado ingrato. Para la golondrina, el príncipe se había transformado en una extensión de ella  misma, podía conversarle de cualquier cosa sin el miedo de la burla o el agravio, podía ser sincera con él sin que saliera corriendo… sin que ella saliera corriendo. La golondrina pensaba que iba a tener al príncipe para siempre con ella, y eso la llenaba de alegría. El príncipe en cambio, creía que no tenía mucho que ofrecerle a la golondrina y nunca se atrevió a confesarle sus verdaderos sentimientos pues creía que si lo hacía, la iba a perder para siempre, sobretodo porque se acercaba el invierno.

La golondrina notó que el príncipe estaba cada vez más silencioso, pero nunca abandonaba su semblante, aunque podía ver que en su corazón la soledad que creía olvidada, volvía a adueñarse de antiguos terrenos. Le preguntó muchas veces al príncipe qué le ocurría, pero este, temeroso por el invierno cada vez más próximo, respondía que todo estaba bien. La golondrina lo sabía y se entristeció profundamente pues el príncipe no confiaba en ella.

Llegó el invierno, las escarchas cubrieron los pastos, la nieve las calles, el frío asolaba cada rincón. La golondrina decidió quedarse con el príncipe pues estaba decidida a acabar con su tristeza, aunque ella misma fuera la causa de eso. Sin embargo el príncipe le dijo que no, que ya no quería que ella estuviera a su lado, sabiendo que había tantos otros príncipes que necesitaban su compañía. La golondrina insistió, el príncipe siguió negándose, y la golondrina entendió que la única forma de ayudar al pobre príncipe era dejarlo solo.


Nunca he visto llorar al príncipe feliz, no creo que alguien lo haya hecho nunca, pero cada vez que lo veo, lo miro y me pregunto… ¿Será verdaderamente feliz?