La casa de
Dublé Almeida olía a historia; a historia con aliño completo. Olía a jibia
penquista, a ajo chilote y a carne o’higginiana. A golpe forzado y a libertad
devuelta. Al pan tostado de la once de las cinco, donde los dos abuelos se
sentaban en una mesa con cuatro sillas vacías a comer en silencio. Olía a la
muerte, eterna invitada del Velasco, a las hijas ausentes y a las nietas rubias
y morochas. Podía olerse la soledad sazonada con jengibre, a los fantasmas
atrapados en el espejo, a las lágrimas con cebolla… y a las lágrimas sin ella.
Los años son
implacables y mi mamá se está poniendo mañosa… la casa empieza a oler a
condimento.