Sobra decir que llovía a cántaros. El agua nos llegaba hasta los huesos, y para qué hablar del frío que se colaba por cada rendija.
Los pasillos de la facultad parecían más largos y eternos que nunca, con cada paso que dábamos hacia la salida del hospital.
Caminábamos a paso rápido y en silencio; ese que te hace dudar si lo que estás haciendo es lo correcto, aquel silencio molesto, por el cual ruegas que alguien diga algo; lo que sea. Pero lo único que se escuchaban eran nuestras pisadas, sobre el frío y muerto concreto.
Salir de aquel lugar era una travesía; quién fuera Teseo para introducirse en tamaña empresa. Mas los dos caminábamos a kilómetros de distancia; quizá más lejos de lo que jamás habíamos estado.
La lluvia se estrellaba sobre mi cabeza, sus lentes cuadrados que encubren su mirada incierta y sobre Rouvier.
- ¿Quieres que lo guarde dentro de mi abrigo?, pregunto con la esperanza de que no ocurriera nada.
- No, respondí tajante. Por primera vez quería que esa voz se fuera lejos, lejos y que ya nunca más volviera.
- Pero se está mojando, mejor pásamelo, insistió pues veía como sus deseos eran vanos.
- No importa.
Y seguimos caminando.
El agua precipitada inundó la intersección de avenida Independencia con Santos Dumont, y el tiempo corría, las lágrimas en mi rostro amenazaban con estallar.
Cruzamos de acuerdo al semáforo. A él no le gusta cruzar en mitad de la calle cuando va conmigo. Dice que soy propensa a que me sucedan accidentes.
¿Y yo?
Yo no digo nada, pues no lo conozco. No se puede emitir un juicio frente a un individuo desconocido, porque todo juicio elaborado por un ser que piensa y siente, será subjetivo, por lo que involucrará emociones y sentimientos. No se puede elaborar un juicio ya que nada se siente y como bien se señaló, no se puede amar lo que no se conoce.
Los buses pasaban frente a nosotros.
Teníamos frío.
Yo me sentía defraudada por alguien a quien estimaba; él se sentía enfermo.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza.
Una 201e se detuvo frente a nosotros. Él no lo sabía, pero era el bus que estaba esperando.
Quería correr, salir de ahí, escapar lo más rápido que me dieran las piernas. Pero ahí estábamos. Anclados y en silencio.
Me coloqué junto a la ventana, una vez arriba, y él se paró frente a mí.
¿Por qué no le dije de una vez lo mucho que quería que desapareciera de mi vida?
Quizá, porque esa frase no podía estar más alejada de la realidad.
- Conmigo, pensaba para mí, nada es para siempre, y esto en algún minuto tendrá que acabar. Mejor ahora que no hay lazos fuertes… ¿pero qué cosas digo?, ¿cómo que no hay lazos fuertes?, ¡Deja de mentir!
Pensaba en las boberías que hacíamos juntos y de las risas interminables. Las conversaciones que duraban horas, pero que para nosotros, no eran más que unos minutos.
¿Es que acaso quería que todo eso desapareciera?
- “Sabes que no acostumbran a decirme que no”.
Pero de pronto me encontré sola, sin eso ojos que nada dicen, pero que todo lo saben.
Una angustia enorme me envolvió, y fue entonces que ya no pude contener más mis lágrimas ni mi orgullo. Me aferré a su abrigo, me abrazó con fuerza, y ahí en silencio, bañada por el aroma de quien vuelve a casa después de mucho tiempo, lloré al son de las gotas de lluvia estrellándose junto a la ventana.