La explicación de por qué no había nadie en
las calles de Santiago ese Sábado, era bastante evidente y plausible. Yo iba
despreocupada, con mis audífonos puestos, pensando en las canciones para la
misa de la Maríta, o al menos ese era el encargo que me habían hecho.
Me conmovió el clima de congoja de la multitud congregada en torno a la difunta, la clara angustia reflejadas en tenues muecas de ansiedad y decepción. Nadie decía nada, las palmaditas en los hombros hablaban por ellos - lo vamos a lograr, tú tranquilo, hay que confiar- decían entre susurros, mientras volteaban sus cabezas a la pantalla brillante que yacía entre sus dedos.
El cura hablaba; se podía sentir la tensión en el aire, nadie respiraba, el clamor a Dios enardeció las débiles llamas de la fría capilla. De pronto un suspiro largo y mojado empapó a los santos en sus vitrales. Las lágrimas comenzaron a brotar y la incredulidad cobró presas a esas entristecidas almas.
Habíamos quedado fuera del mundial.
Chile estaba de muerte. Dio la casualidad
que la Marita también.