Cuando las campanas de Nuestra Dama cada sesenta minutos comenzaban a sonar, toda la ciudad sabía que aquel muchacho, hijo de las sombras, estaba haciendo su trabajo. Tenían la certeza de que él era quien controlaba el tiempo, podían confiar en su persona el transcurso tranquilo de sus vidas, el pasar de los años no era más un inconveniente.
Hora tras hora, se hacía presente, pero ningún ciudadano se preguntaba qué era lo que el campanero hacía esos 59 minutos restantes. Nadie lo sabía; quizá dormiría, o se dedicaría a crear alabanzas a Dios. Muchos decían que estaba loco y hablaba con las campanas, cuyo eco se esparcía por cada rincón cual grito en medio de la noche.
Fue entonces así, cómo poco a poco, la imagen del muchacho de las campanas se fue ensalzado en un aura sagrada, aldeanos de todo el país, venían a prenderle velas aún sin conocer su rostro, pensando que este; ahora ángel; podría concederles un favor.
Pues la verdadera historia es otra.
No era un Santo, menos un ángel. No era un ser amable, recto, que disfrutaba y se contentaba con la vida de servicio obligatorio que se le había encomendado. No era él quien hablaba desde la torre y la noche esparcía su voz. No era el campanero, el que tocaba las campanas.
Desde que el niño fue encontrado a las puertas de Nuestra Dama, se corrió el rumor que su padrino había tratado de matarlo, por la sola repulsión que le ocasionaba ver su rostro. Cuenta la historia, que pese a esto, lo acogió, y lo crió como si fuera su hijo. Pero la verdad era que este hombre, servidor que encontró a nuestro muchacho en cuestión, no lo maltrataba, sino todo lo contrario, lo amaba como si fuera su padre, lo educó en el amor y las leyes de Dios, le enseñó a leer, a respetar a los otros y a sí mismo.
Mucho le costó, debido al carácter rebelde de su ahijado, que se negaba en aprender, no le gustaba ir a misa, escupía en su cara cuando no le gustaba la comida que él mismo preparaba para ambos.
Fue entonces cuando decidió enseñarle el oficio de campanero. Ahí dejaba a su niño mientras él iba a trabajar. Pero al muchacho nunca le gustó este trabajo, y con el tiempo empezó a acumular un rencor descontrolado y enfermo contra quien, en definitiva, le dio la vida.
Fue entonces cuando decidió enseñarle el oficio de campanero. Ahí dejaba a su niño mientras él iba a trabajar. Pero al muchacho nunca le gustó este trabajo, y con el tiempo empezó a acumular un rencor descontrolado y enfermo contra quien, en definitiva, le dio la vida.
Hora tras hora planeaba su huida, y se lo contaba a sus amigas gárgolas y campanas. Hasta que un día cuando todo estuvo listo y dispuesto puso en marcha su huída. Debía simular que él aún seguí a ahí, pero no podía volver a cada hora, para tocar las campanas. Tampoco podía dejar de tocarlas, pues toda la ciudad saldría a buscarlo, y de encontrarlo, lo matarían.
Cuando esa noche, su padrino subió las escaleras del campanario, se encontró con la sorpresa que no había nadie más ahí. Entonces, viendo que la hora de tocar se acercaba, tomó lugar con la intención de reemplazar a su hijo, para que no tuviera problemas con la guardia de la catedral. Sin embargo, cuando apoyó sus manos contra la pesada cuerda, el hasta entonces campanero, emergió desde las sombras, y con su sobrenatural fuerza, tomó por la espalda a su padre, lo amarró contra las cuerdas y lo dejó colgado mirando hacia ciudad.
- -Hijo mío, qué estás haciendo, bájame de aquí para que podamos hablar sobre esto.
- -No, tú te vas a quedar ahí, tocando las campanas, así como siempre lo hice yo.
- - Por qué haces esto. Te amé como a mi propio hijo. ¿Qué hice mal?
- -Nada, simplemente nunca me agradaste.
- -No te vayas, todos van a notar tu ausencia y saldrán a buscarte.
- -Te aseguro, padre mío, que nadie sabrá que no soy yo.
Y con un chasquido de dedos, despertó a las gárgolas, hambrientas, para que disfrutaran del festín.
Es entonces, como el ex campanero huyó con los gitanos, sin preocuparse de las horas, pues con cada mascada que las figuras de piedra daban sobre el cuerpo de su padrino, este trataba de zafarse, para huir del dolor y la agonía, pero al hacerlo inevitablemente tiraba de las cuerdas, haciendo sonar las campanas.
Cuenta la leyenda que aquel fugado aún vive, y vaga por el mundo, sin remordimientos por quién doblan las campanas. Pero es un rumor. No le cuenten a nadie.
No quiero que salgan a buscarme.
