viernes, 28 de enero de 2011

Debilidad

Ante sí un pasillo, solitario e inimaginablemente largo, mucho más que aquel de sus sueños. ¿Qué si había estado ahí? ¡Claro!, cada noche, en cada parpadeo. Sin embargo perdida se hallaba; los cuadros, los órganos flotantes en lo que parecía ser un líquido verdoso, adornando las estanterías, interrumpidos por gruesos libros tapizados en cuero de algún animal, le impedían recordar con claridad un camino que había hecho antes; toda su vida.
Los tacos de sus zapatos sacudían las paredes del edificio con cada pisada sobre la fría y vieja baldosa; los huesos de los esqueletos parados afuera de cada prosectoría, danzaban al compás de  las notas emergidas de esos pequeños pies.
El reloj clamaba con frenesí para que la caminata fuera más presurosa; hizo falta algo más que un blanco conejo para que encontrara el camino; pero todo era tan extraño, tan ajeno.

Como si faltara algo.

Sencillamente seguir caminando y hacer caso omiso a una carencia ficticia era más fácil. Aquello que no estaba podría encontrarse perdido temporal o permanentemente; y en caso de que en el mundo no existiese dicho elemento faltante y no fuera más que la sensación de cierto vacío en aquel pasillo, la ausencia podría simplemente, estar dentro de ella; y eso, su mente, era territorio ajeno y prohibido. Sobre todo prohibido.

Solía llevar con ella una cámara pequeña, siempre; decía que era para capturar recuerdos, no perder instantes importantes, que por trabajo seguro olvidaría. Sabía que eran escusas, pero con otras cosas lo había intentado antes; antigüedades, estampillas, plumas; tal vez ahora eran las fotografías.

Era una conocida anatomista, su trabajo consistía en recibir los cuerpos que eran donados a la universidad y mantenerlos a salvo del desgaste del tiempo; disección. Cuando le preguntaban a qué se dedicaba, al responder, la miraban con sorpresa y en algunos casos… un poco de asco. Pero ella no lo veía así. Con el tiempo se había convertido, incluso, en una necesidad. Cortar, abrir, buscar, sacar. No era algo enfermizo; de algún modo podía comprender la existencia humana desde una perspectiva: la física.

El tiempo seguía pasando, pero era nada lo que avanzaba, caminaba cada vez más rápido; pero el pasillo se alargaba, las ventanas dejaban su naturaleza para convertirse en espejos mágicos que repetían el paisaje del exterior.

Un sueño obligatorio

Afuera, en el patio, vio a una pequeña niña arrodilla en el piso recogiendo flores del pasto. Llevaba un vestido color rosa, y un sombrero de mimbre que le cubría el rostro de los rayos del sol. Sus rubios cabellos caían por su pequeña espalda, rosando casi el pálido concreto.
Una mujer alta y delgada se acercaba lentamente con semblante cariñoso. Se paró al lado de la niña, se encuncliyó con ella, para recibir un tierno abrazo por parte de la pequeña.

-       Su hija, pensó mirando por la ventana, - es su hija.
Bajó la mirada y siguió caminando por un pasillo sin fin.

Inevitablemente los recuerdos de su propia niñez arribaron a  su mente. Una casa grande, sola, un palacio a sus ojos deshabitado para una princesa traviesa. Un padre ausente, una madre a la que nunca pudo comprender. Un deseo irrefrenable por correr a sus brazos y decirle mamá te extraño, te quiero, te necesito. Estoy aquí, aguardando por ti. Mírame… ¿mamá?, ¿mamita, por qué lloras? ¿Te rascaste mucho las muñecas, por eso te sale agua roja de ellas? Vámonos mamá, y vivamos solitas las dos, lejos de todos. ¿Mamá… tú me odias? Pero no te vayas… mamá…
De sus ojos brotaron unas tímidas lágrimas al recordar que hacía más de 15 años no veía ni hablaba con su madre. Tantas veces que la necesitó y se negó a volver. Un orgullo maldito que le impidió pronunciar perdón durante tantos años.
Sea lo que sea que haya estado perdido, lo había encontrado.

Vuelve

El pasillo comenzó a estrecharse, las ventanas a hacerse cada vez más pequeñas. La puerta al final del dichoso corredor estaba al alcance de la mano.
Estiró el brazo para girar la manilla, pero algo la detuvo. Sentía que el cuerpo le temblaba por completo.
-       ¿Será esto… lo que llaman felicidad?, se preguntó para sí.

Al abrir la puerta, vio el pabellón tal y como lo había visto siempre. Los ayudantes la estaban esperando, con el cadáver cubierto sobre la mesa.

-       Bien, empezó ella,- vamos a comenzar.
-       Dicen que el cuerpo lo donó una señora antes de morir. Fue acá en el hospital. La enfermera mencionó algo así como que era la única forma de despedirse de...
-       Bueno, bueno, vamos a terminar con el cuchicheo y le daremos al cuerpo el respeto correspondiente. Bisturí…

Una ráfaga de viento le golpeó el rostro y no pudo menos que caer desplomada sobre la silla contigua. Las lágrimas no cesaban de caer por sus pálidas mejillas, le era imposible creer lo que sus ojos estaban viendo. Al correr la sábana y ver el rostro de quién inerte yacía, comprendió que el tiempo en vano no pasaba y en errores así ya no había cabida para el perdón.

Todo se hizo pequeño de pronto. Sólo era ella y ese cuerpo carente de aliento. Una comunión entre lo que fue y lo que irremediablemente es. Un perdón póstumo a manos de un bisturí.
Una intercesión mediante un irónica felicidad, una debilidad sin fundamento. Sólo quedaban recuerdos.