Un día cuando Dante, el poeta, andaba perdido en el Infierno y entre idilios con Virgilio, decidió tomarse un tiempo a la sombra de un tronco encumbrado con cabezas, las cuales daban excelente sombra, y me escribió una carta.
Querida desconocida:
He encontrado una hoja y una pluma sobre lo que parece ser un trozo de madera pulida y con forma regular junto a unas instrucciones claras de escribirte una carta. Pues bien. Te la escribo.
Estoy perdido en medio de una jungla que yo mismo he sembrado, la cantidad de círculos de los cuales las generaciones posteriores tanto hablarán, no difieren en número ni en tenebrosidad a mi corazón amargo. He bajado a las tinieblas del mundo en busca de lo que en la luz no fui capaz de encontrar, eso que TÚ ahora estás apasionadamente buscando. Sólo puedo decirte que… te rindas. No hay sentido en intentar hallar algo que sólo en los sueños puede llegar a “concretarse”. Mentaliza que tu vida es un contante devenir, y un caminar eterno, o por lo menos lo será hasta cuando quieras parar, darte la vuelta y seguir un camino propio.
Pero eso ya nadie lo hace. Si te fijas, ni si quiera yo lo hago, de hecho… me están guiando por esta suelo de mierda que me tiene los pies llenos de llagas.
No sé quién eres, ni cuáles son tus intenciones, pero infiero que eres distinta. Creo que te he visto en sueños, tu sonrisa no es algo que se pueda olvidar fácilmente. Conozco tu determinación, tu coraje, tus debilidades.
Estoy cansado, bastante mareado para ser más honesto, me siento desfallecer. Pero aún sigo aquí, y lo seguiré estando por varias páginas más, y no sólo para reflejar la brillantez o locura de mi mismo, que relata sus aventuras de una noche de ebriedad, sino, para darte fuerza, y por qué no decirlo un ejemplo de algo.
El tiempo se me agota y no he dicho nada, por lo que creo que nunca lo haré. Pues, entonces, lo mejor será marchar, que una estrella en el cielo aún me espera, o yo quiero creer eso.
Dante A.
Estas líneas no causaron nada en mí, ni estupor ni asombro. Guardé la carta, se la di de comer al canario y me marché a dormir al baño mientras me decía a mí misma: Ese hombre estaba loco. Loco.
Dedicado con mucho cariño a quienes andan escribiendo su destino por tierras lejana, quizá en la patria madre y a Isaías “Sopa” Campbell.