Definitivamente hay personas a las que vamos a extrañar toda la vida, aunque al partir, un agujero muy hondo hayan dejado en nuestras vidas. Reconozco abiertamente que puede ser fruto de una personalidad un tanto masoquista, pero no es ese el punto. El tema aquí, es el recuerdo.
Abrí hace unos minutos mi casilla de correos y no se me ocurrió nada mejor que ponerme a filtrar nombres para ver cuántos correos tenía. Es increíble que de quién menos me esperaba, producto de una constante ausencia, era casi de quien más tenía y de un día para otro dejaron de llegar. La gente cambia, las prioridades se adaptan, los intereses varía; sólo quiero creer que yo no era más que eso… un mero interés.
Un mecanismo medianamente sano para “borrar gente de la lista de contactos” es simplemente ignorar, dejar de pensar en el por qué exacto de la acción determinada, el comportamiento del individuo, razones inexistentes. Pero… cuando pasan los mese y te das cuenta de que aún no logras olvidar a quién te amó y a quién tú también amaste, el dolor retorna y tu mente se hace presa de los “quizás”.
Evidentemente que los corazones ya no son los mismos, en los últimos meses todos hemos cambiado (para bien o para mal, no voy a hacer juicios de valor), pero, cuando menos lo esperas y cuando menos te lo debe permitir la cabeza, recuerdas únicamente los buenos momentos, las risas, las horas eternas que nunca se acababan, las conversiones por facebook, las invitaciones eternamente rechazadas, aunque siempre por muy buenas razones.
Al final del camino, cuando haces una retrospectiva de cuáles eran las cosas que querías para este año, y las que no, te das cuenta de que por caprichos y aspiraciones vanas, que luego de lograr me han hecho muy feliz por cierto, dejé gente tirada en el camino, gente que únicamente me ofreció algo tan puro y sincero como lo era su cariño y yo, por egoísta e idólatra pensé que era muy poco para mí.
Lástima.
Ahora me arrepiento.
Perdí a un amigo en el intento. De hecho… a más de uno.