No lo pensó dos veces y se escondió detrás de la puerta, a pesar de que ya no había nadie en la habitación. Las cortinas, ahora desgarradas en el suelo, dejaban sin ninguna censura que los escuálidos rayos de la noche acariciaran su cabello, su espalda, sus heridas.
Todo estaba roto, los muebles, el espejo, el televisor. El papel mural había sido arrancado, no por objeto de un ataque de ira, sino en la desesperación de escapar. A eso se remitía todo.
Las ventanas y la puerta estaban con candados desde hace días, cada cicatriz y herida abierta podían dar fe de ello. Había intentado muchas veces romper los vidrios, gritar para que de afuera alguien forzara la puerta y ella pudiera salir pero su cuerpo no quería despertar de una evidente pesadilla.
Aún con el cuchillo en la mano, no pudo más que arrastrarse hasta quedar detrás de la puerta del baño, tomándose de las rodillas cual niña a la espera de que le vengan a contar un cuento. No había nadie más en el cuarto, sólo ella, con sus ojos bien abiertos, conteniendo un llanto que se negaba a salir, desnuda, herida, libre.
La sangre inundaba la alfombra, se mimetizaba con los recuerdos que sobre ella yacieron, la cama goteaba sueños del ayer bajo los cojines despedazados por el infortunio de una navaja.
Su teléfono celular estaba sobre la cama, aún con la batería completa, esperando que el que estaba muerto, volviera a pronunciar esas cándidas palabras de amor, y junto a él, su libro favorito, ese que relata la venganza de un príncipe que fingió locura, mas su amada no se dio cuenta de la farsa y quitose la vida para no ver a su prometido desfallecer en una irrealidad de la cual ella no era parte.
Ophelia, sin embargo, estaba viva, escondida, enamorada, expectante a que quien día tras día le propiciaba caricias algo más ardorosas que un suave roce con la palma de la mano, se levantara para seguir con una vida que por lo menos era de ella.
Nada ocurría, lo quieto, quieto permanecía, y lo muerto…
Ella miró el arma y sin comprender cómo había llegado hasta su mano empujó la puerta para salir de su escondite. El olor a muerte atravesó su piel obligándola a mirar a su alrededor. Miró sin entender el desastre en aquel cuarto. El miedo y la desesperación comenzaron a apoderarse de sí. Ella... ella era la causante de todo, desde el comienzo. Quizá no había sido una buena amante, puede que hubiera dado demasiados problemas, pudo haber sido que hablaba demasiado, o sencillamente que se esforzaba en pedir algo que jamás podría serle dado. Se arrastró tanto como las yagas se lo permitían hacia el que había sido su compañero, su juez, su verdugo, su amor. El hedor a vino era evidente, mas lo recostó sobre su regazo y comenzó a cantarle aquella melodía con la cual se habían conocido 10 años atrás. Tarareaba al ritmo de su sangre, esa que corría con furia y alegría en lugar de aquella que se había vertido por todo el lugar. Los recuerdos se proyectaban en las ventanas cual autocinema nocturno, y el violín del estudiante vecino, un romántico empedernido comenzaba a sonar.
Se acercó la mano a la punta de la nariz creyendo que sangraría de nuevo, como lo hacía después de un saludo vespertino, o después de que el equipo favorito de la casa, perdía. Cuando la miró, sin embargo, no fue carmín lo que iluminó la noche, sino plata, plata proveniente de las lunas que comenzaban a iluminar ese rostro, marchito por la oscuridad de una vida ensombrecida por el velo de una irrealidad que había convertido en certeza, cuya fatídica verdad ocultaba con clemencia, un corazón enfermo por un amor que no se sabía realmente como sí, sino como un escape; escape a una vida vacía.
Recordaba con confusión el cómo y el por qué, quizá sólo pasó porque tenía que pasar; una premeditación no estaba en su memoria.
¿Y si la decisión no era asunto de estrategia, sino de ganas? ¿Si era su alma la que deseaba correr lejos de quien como tapete la ostentaba? ¿Podría haber sido ella, su libertadora en medio de la inconsciencia?
Él llegó borracho, como todos los viernes. Sin una pizca de sobriedad en sí, ni de cordura, respeto, decencia, ni nada. Algo de inconformidad con su vida, considerando que era merecedor de algo más que una “china” que le limpiara los platos, le hiciera la cama, y le planchara de mal modo los cuellos de las camisas, eso sí; cuando las usaba.
No podía encontrar la llave que correspondía a la cerradura del 33, dónde los del 32 y 34 estaban ya acostumbrados a estos espectáculos. Las patadas comenzaron a sonar en pos de que la puerta se abriera, a medida que su frustración por no llevar la vida que él debía tener se acrecentaba con cada golpe, acrecentado por el eco del pasillo. En medio del pánico, ella se puso la bata y corrió con el mismo espanto del cual era presa todas las noches, a abrirle.
Una sinfonía de gemidos y gritos en medio de una soledad concebida por el silencio de los que no quieren ver ahincaron la agonía de una princesa, que pudiendo huir no lo hacía, y un rey cuya corona bruñida no posaba sobre su cabeza y un cetro que no servía para sostenerse a sí, sino hacer que otros cayesen a sus pies.
Desesperada por ya no estar ahí, no pudo más que tomar una navaja que guardaba en la cocina y que usaba para navidad, cuando tenía que limpiar el pavo. Escondióla detrás de su espalda, sin la intención concreta de usarlo más que como instrumento intimidatorio. Pero la sangre y el deseo de libertad pudieron más que las ganas por amar, y desde una esquina de la habitación marital, arremetió contra quien le había jurado amor eterno y fidelidad hasta la muerte.
Ahí, a la luz de la luna, cantándole a una nueva vida; comprendió que la soledad se disipaba, clareaba el alba en su corazón, su cuerpo, sus ojos. Una presa enfrentando una libertad añorada.
Estuvo muerta a manos de sí misma, inmersa en la locura de otros que hacíanle creer que esa era la verdad. Una mentira en la que se vio envuelta su vida entera; era espantada por el soplo de la redención. Un perdón que se perdía entre sus cabellos.
Se levantó dejando, el pasado en el suelo junto a las vidrios rotos. Se puso la bata y caminó hacia la puerta. Aún con los pies, espalda y mejillas sangrando, cruzó el dintel de su propia vida; y desnuda frente al viento, se dijo:
- Eres libre, Ophelia, libre.