lunes, 28 de noviembre de 2011

La tierra es redonda

Me voy. Así sin más. Sin avisar, sin maletas, ni pasajes. Sólo con mis pies descalzos, así, tal cual como llegué. No, no me digas que me quede, porque ya no hay vuelta. Tampoco te molestes en ir a despedirme, pues no sé desde donde y a qué lugar partiré. No es de capricho, es por intuición. Nada más tengo que hacer por acá. La suerte está echada, como dijo el poeta, así que me voy.
No me digas adiós, tampoco me recuerdes. Será como un sueño, un letargo pasajero que poco a poco te sumirá en la inconsciencia de lo que no quieres recordar. Tampoco me extrañes, no habrá un porqué.
Saldré mientras no te das cuenta, y caminaré sin parar, desde el amanecer hasta el ocaso, y dormiré con los lobos en la sierra. Nadaré desnuda en los océanos, incluso los no descubiertos. Voy a saltar desde una cascada, y escalar la montaña más alta simplemente para poder gritar desde arriba.
No, no hay modo en que puedas convencerme que me quede. Las promesas hechas, ya no valen ni el suspiro gastado en ellas. Me voy a buscar tus palabras vacías esparcidas por el mundo. No voy a perderme, hasta donde yo sé la tierra es redonda.
No sé cuando volveré, si es que vuelvo.  Tampoco sé si me quedaré en un lugar. ¿Para qué preparar un camino que aún no comienzo?
Aún no parto, pero tu tristeza me embarga. ¿Ves como para ti ya no estoy más aquí? ¿Qué te atormenta entonces de mi partida?
Alégrate, porque tristeza no hay razón para sentirla. Me voy a vivir, a sentir latir mi corazón, a cantarle a la vida. Voy a reír, a llorar, a soñar, a construir un camino al caminar.
Ya es la hora, me voy. No me sigas y sécate esas lágrimas. Estos pies van a llevarme mucho más lejos de lo que jamás pensé estar. Siente paz, así como una madre al abrazar a su niño.
No me digas adiós, esto no es una despedida. Nos veremos de nuevo. Ya te dije que la tierra es redonda.

Nunca se sabe

Nunca se sabe el momento o el lugar.
Con quién, a quién o de quién.
El cómo, el para o el por qué.
Si llegaste o te llevaron.
Si fuiste tu, o fue otro.

Nunca se sabe la manera,
estás en el suelo, y al siguiente parpadeo
levantado.
Se desconoce la circunstancia,
la verdad;
La ocasión te elige a ti y no al revés.
No existen los planes, no figura un tal "mañana".

Nunca se sabe si de confiar se trata,
si de dinero se trata,
si de amar se trata.
No se sabe tampoco de la vida ni del tiempo,
de la naturaleza.
No aseguro que si tiro una piedra al cielo
esta va a caer siempre;
nunca he visto que no ocurra.
No se sabe absolutamente nada de generalizaciones, ni proyecciones.

De lo que sí sé
es de tus ojos y de los míos,
de las nubes y el viento.
Sé de este amor inconcluso antes de comenzar.
Sé de la muerte, meta del caminante,
que aguarda paciente.
Eso me hace estar un poco más tranquila.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Nuestra dama

Cuando las campanas de Nuestra Dama cada sesenta minutos comenzaban a sonar, toda la ciudad sabía que aquel muchacho, hijo de las sombras, estaba haciendo su trabajo. Tenían la certeza de que él era quien controlaba el tiempo, podían confiar en su persona  el transcurso tranquilo de sus vidas, el pasar de los años no era más un inconveniente.

Hora tras hora, se hacía presente, pero ningún ciudadano se preguntaba qué era lo que el campanero hacía esos 59 minutos restantes. Nadie lo sabía; quizá dormiría, o se dedicaría a crear alabanzas a Dios. Muchos decían que estaba loco y hablaba con las campanas, cuyo eco se esparcía por cada rincón cual grito en medio de la noche.
Fue entonces así, cómo poco a poco, la imagen del muchacho de las campanas se fue ensalzado en un aura sagrada, aldeanos de todo el país, venían a prenderle velas aún sin conocer su rostro, pensando que este; ahora ángel; podría concederles un favor.

Pues la verdadera historia es otra.
No era un Santo, menos un ángel. No era un ser amable, recto, que disfrutaba y se contentaba con la vida de servicio obligatorio que se le había encomendado. No era él quien hablaba desde la torre y la noche esparcía su voz. No era el campanero, el que tocaba las campanas.
Desde que el niño fue encontrado a las puertas de Nuestra Dama, se corrió el rumor que su padrino había tratado de matarlo, por la sola repulsión que le ocasionaba ver su rostro. Cuenta la historia, que pese a esto, lo acogió, y lo crió como si fuera su hijo. Pero la verdad era que este hombre, servidor que encontró a nuestro muchacho en cuestión, no lo maltrataba, sino todo lo contrario, lo amaba como si fuera su padre, lo educó en el amor y las leyes de Dios, le enseñó a leer, a respetar a los otros y a sí mismo. 

Mucho le costó, debido al carácter rebelde de su ahijado, que se negaba en aprender, no le gustaba ir a misa, escupía en su cara cuando no le gustaba la comida que él mismo preparaba para ambos.
Fue entonces cuando decidió enseñarle el oficio de campanero. Ahí dejaba a su niño mientras él iba a trabajar. Pero al muchacho nunca le gustó este trabajo, y con el tiempo empezó a acumular un rencor descontrolado y enfermo contra quien, en definitiva, le dio la vida.

Hora tras hora planeaba su huida, y se lo contaba a sus amigas gárgolas y campanas. Hasta que un día cuando todo estuvo listo y dispuesto puso en marcha su huída. Debía simular que él aún seguí a ahí, pero no podía volver a cada hora, para tocar las campanas. Tampoco podía dejar de tocarlas, pues toda la ciudad saldría a buscarlo, y de encontrarlo, lo matarían.

Cuando esa noche, su padrino subió las escaleras del campanario, se encontró con la sorpresa que no había nadie más ahí. Entonces, viendo que la hora de tocar se acercaba, tomó lugar con la intención de reemplazar a su hijo, para que no tuviera problemas con la guardia de la catedral. Sin embargo, cuando apoyó sus manos contra la pesada cuerda, el hasta entonces campanero, emergió desde las sombras, y con su sobrenatural fuerza, tomó por la espalda a su padre, lo amarró contra las cuerdas y lo dejó colgado mirando hacia ciudad.

-        -Hijo mío, qué estás haciendo, bájame de aquí para que podamos hablar sobre esto.

-        -No, tú te vas a quedar ahí, tocando las campanas, así como siempre lo hice yo.

-      - Por qué haces esto. Te amé como a mi propio hijo. ¿Qué hice mal?

-        -Nada, simplemente nunca me agradaste.

-        -No te vayas, todos van a notar tu ausencia y saldrán a buscarte.

-        -Te aseguro, padre mío, que nadie sabrá que no soy yo.

Y con un chasquido de dedos, despertó a las gárgolas, hambrientas, para que disfrutaran del festín.
Es entonces, como el ex campanero huyó con los gitanos, sin preocuparse de las horas, pues con cada mascada que las figuras de piedra daban sobre el cuerpo de su padrino, este trataba de zafarse, para huir del dolor y la agonía, pero al hacerlo inevitablemente tiraba de las cuerdas, haciendo sonar las campanas.

Cuenta la leyenda que aquel fugado aún vive, y vaga por el mundo, sin remordimientos por quién doblan las campanas. Pero  es un rumor. No le cuenten a nadie.

No quiero que salgan a buscarme.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Qué será de aquel

Qué será de aquel a quien miré de reojo
con la intensión que no correspondiera a mi mirada.
Qué será de quien me sostuvo la puerta en el banco,
para que rauda, pudiera pasar.
Qué fue del chofer de la micro de ayer,
habrá llegado bien a su casa? Me subí a su mismo bus, y no supe decirle: "hola!, otra vez"
Qué fue de aquel muchacho, cuyos ojos castaños y tristes evocaron la santidad que en mi alma habita,
una espiritualidad a ratos nefasta, que destruye lo que ama, y añora lo que dolor causa.
Qué fueron de esos ojos, que me besaban a la distancia?

Qué fue del escritor, que embargado por la angustia bohemia, esa auto impuesta para parir versos sangrantes, con aroma a alcohol. ¿Es que se fueron juntos a moler trigo carmín a París?ç

Siempre, cuando pinto mis uñas, me pregunto qué fue de tus manos, esas que presurosas y descontroladas, rozaban mi piel, con una elocuencia tan caótica, que hasta ahora creí que fue azarosa.
Aquel sol, que aparecía mañana tras mañana, como aureola sobre tus hombros cargados de pesar, me pregunta, qué fue del muchacho triste.
- "Un mal amor, suelo contestarle. Jugó con fuego, y se quemó"
-"Sé de esas cosas", me contesta, "tengo tantos, como hijas bastardas esparcidas por la negrura de este océano invertido."

A dónde fueron a parar las lágrimas que derramaste sobre tu almohada, desesperadas, rabiosas, cargadas al negro por la tristeza y oscuridad de tu corazón.

¿Qué fue de aquel, de ojos tiernos, de sonrisa inocente, dientes chuecos y cabello de nube?
¿Dónde lo dejaste, qué hiciste con él?

¿Qué será del muchacho de ojos tristes, que abraza mi cintura, deseando compensación por lo que no puede ser?

Qué fue de tantos otros que lloraron mi partida, y por quienes lloré yo también.
Qué fue de aquel, de aquella, de ti y de mi, qué será mañana o pasado. Vivos o muertos, antes o después del amanecer.
Antes o después que te bese.

Espero que sea después.

viernes, 14 de octubre de 2011

Capítulo 4: Sola

Desde pequeña Andaluz sintió que era diferente, no necesariamente que fuera “especial”. Le gustaba pensar que quizá la razón por la que a veces se sentía sola, era porque estaba destina a estarlo y no por causa del abandono humano. Claro está, sin embargo, esto nunca lo dejó entrever; pero su mirada, y sus silencios, comenzaron desde aquel entonces a gestar a su perfecta mitad, a su reflejo.
En más de alguna ocasión creyó que de sus ojos podrían salir rayos mágicos y hacer que levitaran cosas con el agitar azaroso de una rama caída, sin duda hubiera sido genial, ser reconocida, amada, vista.
Siempre trató de verse así, impaciente, alegre, despierta, alerta, viva.
Eso, eso es lo que siempre todos vimos.

Lucy estaba sentada sobre la cama de Andaluz, mirando el atardecer otoñal, esos que solían ver juntas, que tantas añoralgias rememoraba.
Hacía un año que se había marchado, más bien, se la habían llevado. Dijeron que a un lugar para que pudiera aclarar sus ideas.
De él, ya no había rastro, en el momento en que andaluz dejó de responder a sus llamadas, él no insistió más. Tuvo que haber sido sin lugar a confusiones, tal cual como Lucy lo había predicho en más de alguna ocasión.
-        Sólo a mí me tendrás, se dijo mientras el sol huía de esa mirada enferma por la locura y la oscuridad.- Por qué no me creíste a tiempo, Andaluz.

Lucy apareció un día de julio en el pórtico de la casa principal, empapada hasta los huesos, no era más que un cachorrito mojado que inspiraba lástima. Sin embargo, Andaluz al verla, no dudó en tomarla, abrazarla y ofrecerle todo para que pudiera recuperarse.
Ambas eran muy diferentes, totalmente opuestas, y Lucy advirtió desde el principio esta particularidad. Mas, un rastro de similitud asomaba en el rostro de Andaluz cuando estaba sola, y sin saber aún si fue o no fortuna para Andaluz, Lucy lo descubrió: era su propio rostro. Una mirada que clamaba, que gritaba, que escupía odio y soledad. Una boca que se moría por decir lo que siempre se había guardado por no ser políticamente correcto, o por estar en el momento y lugar equivocados.
Por primera vez desde entonces, Andaluz  se desconoció a sí misma, cuando descubrió que no era ella, sino otra. Otra a la que había dejado entrar hacía tanto tiempo, y que no tenía intenciones de salir. Alguien con quien no podía luchar sin herirse a sí misma o a quienes la quería a ella, pero… era un precio que debía ser pagado.

Desde el incidente del espejo, todos creyeron que estaba loca, que necesitaba claridad, que debía ir a otro sitio, que el estrés y quién sabe cuánta mierda más.
Nadie comprendía en realidad, que era una lucha en que no podían convivir las dos, ni por separado.
Lucy, seguía mirando la oscuridad de la noche, mientras imaginaba tiempos mejores, en que estaban juntas las dos, era una sola persona.

-       -  Qué podía hacer, quería abandonarme. Y yo, yo no iba a quedarme sola de nuevo. No fue mi culpa, es culpa de ella, que ahora ambas estemos sufriendo.

El pasado, era algo a lo que no había que mirar de frente. Por lo menos eso fue lo siempre le dijo Lucy a Andaluz.
-        Nunca recuerdes, nunca des vuelta la cara para ver si fue o no lo correcto. Lo hecho hecho está, y el resto lo tiramos a la suerte. No vale la pena preocuparse por lo que pasó y no supimos. Para qué enmendar si la historia ya fue escrita.
Y así pasaban horas y horas de charla interminable, sentadas en medio de la habitación. Lucy hablaba, y Andaluz escuchaba atenta, sin perder ninguna palabra.
Sin duda la admiraba. La emoción que reflejaban los ojos de Andaluz cada vez que Lucy hablaba, era evidente hasta para una persona imposibilitada para ver.
Los años pasaron, pero como dicen por ahí, nada es para siempre y la confianza hizo que el conejo perdiera la carrera.

-        Si hay un sentimiento del que tienes que temer, incluso y con mayor razón si proviene desde tu corazón, es el odio. El odio puede hacer que hagamos cosas sin que realmente queramos hacerlas. Por eso, pase lo que pase debes reprimirlo y yo me encargaré de que no se aloje en tu corazón. Porque somos una, y yo nunca voy a abandonarte como los otros hicieron. Yo voy a cuidar de ti.
Era probable que no dejaran que Andaluz volviera, y menos que Lucy fuer a a visitarla.

El manojo de la puerta estaba siendo girado desde afuera, pero la habitación estaba con llave.

-       -  Amor, trae las llaves, que la puerta se trancó de nuevo, gritó la madre de Andaluz escaleras abajo para que su esposo la escuchara. - No sé por qué se estanca siempre, como si alguien desde dentro le echara llave.
Y estalló en lágrimas.

-       -  Ya, ya, tranquila, dijo su marido cuando la encontró frente a la puerta.- esto fue por el bien de ella. Estaba confundida, y nosotros no sabíamos cómo ayudarla.

-       -  En qué me equivoqué, dijo entre sollozos. – Cómo no lo vi antes, que quería morir.

No pudo sino sonreír al escuchar estas fantasías absurdas por parte de sus padres.

-      -  De qué hablas. Aquí la única loca eres tú, decía Lucy desde dentro. – Tú, te la llevaste. DEVUÉLVEMELA!!!!!!!!!!!!!!!!!!.

La puerta se abrió suavemente. Su madre se acercó a la ventana.

-      -  Cuánto quisiera tenerte aquí hija mía.

-        -Tú no quieres que vuelva, tú la dejaste así. Tú la apartaste de mi lado y te la llevaste.

-       - Es como si no hubieras sido tú, y otra persona hubiera estado dentro de ti.

-        -Nunca quisiste verla cómo era en realidad. Así éramos, yo le di el valor para salir a la luz, esa que tanto 
añoraba. Una luz real, una luz que tú sólo le diste en el nombre. Pero ahora ya no está. Nunca quisiste vernos. Ciega.

-        - Hija mía… Andaluz…

-       -  LUCY!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!, voy a  demostrarte quién era ella en realidad. Soy su oscuridad, soy su crueldad. Soy su otro yo.



Dedicado a !anónimo" que me motivó y mis disculpas por andar desaparecida.
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miércoles, 27 de julio de 2011

Capítulo 3: conciencia

El reloj cada vez se movía con mayor lentitud, y por sobre todo, el ruido del tiempo era tremendo. Le había sacado las pilas, pero este seguía retorciéndose en medio de su agonía, negándose a morir. Ya no marcaba la hora, pero seguía con su martírico tic tac sólo con el fin de hacer daño.
¿No era acaso esto, una perfecta analogía de lo que a su vida se refiere?
Pues bien, la única diferencia era que ella no usaba pilas.

Acostada sobre su cama, sin ni siquiera abrir las sábanas, miraba el techo. Las cortinas cerradas daban la ilusión de noche, auqnue apenas fueran las 3 de la tarde, la hora más tediosa del día. Cómo el día miércoles.
Tenía el notebook funcionando, el itunes encendido con una buena colección de sould.

Pensaba en él, en el tiempo que había pasado desde que lo conoció, cada beso, cada palabra, cara abrazo. ¿habrán valido la pena?. desde el fonde de la pieza de escuchó
- ¿y qué si no la valió, tu y yo sabemos que para lo que viene debes estar sola?, ¿por qué hacerle creer que la culpa es de él? Si así lo sintió, motivos tubo que haber tenido, que a tí no te pese. Queda poco, y lo sabes. O es que acaso vas a decirme no a mí, ¿vas a escogerlo a él por sobre mí?, ¿me vas a traicionar tú también?

Se dió vuelta y quedó mirando hacia la pared. Deseaba no tener oídos para escucharla, pero tenía razón. Era la único que le quedaba, y si había algo que el orgullo y ese complejo de reina que tenía desde siempre le habían enseñado era que  "una misma hasta el final, fidelidad hacia sí". Pero, ¿si en lugar de una, eran dos?

El sol se colaba entre las cortinas que no alcanzaban a cerrar, dejando una escuálida línea luminosa que divía perfectamente  en dos a Andaluz. El reloj seguía gritando, y esas voces no se apagaban.

- Sé que ha sido muy duro, no tienes que explicarme nada, yo estuve ahí cada vez que te caíste o hicieron que tropezaras. ¿Recuerdas que fui yo la que sin dudarlo y sin esperar nada a cambio te levanté? Recuerdas las palabras que te decía para consolarte, ¿lo recuerdas?

Era verdad. Durante su vida había pasado, no padecido, mucho. Pero en relación a otras jóvenes de su edad, había tenido suerte. No era adicta  a nada, considerando que el dolor no es catalogado como una droga propiamente tal. No había tenido que dejar los estudios para ponerse a trabajar, no le faltaba nada... aparentemente. ¿Qué más podía querer?

- ambas sabemos que un trato es un trato, -decía esa voz-, y ambas sabemos también, que no eres del tipo que rompen sus promesas, entonces ¿por qué te cuesta darle tu adiós "anticipadamente"?

- NO TE ATREVAS A TOCARLO, -gritó a lo que tenía frente a sí-, si lo haces, no respondo de mí misma.

- Por fin muestras tus verdaderas intenciones Andaluz, qué bien, así se pone más interesante el asunto. Tu tiempo y el de él se acaban a paso veloz, no sirve romper los relojes, el tiempo avanza del mismo modo que nuestro reencuentro. ¿No te alegra, que volveremos a ser una, por fin?

- Te lo suplico, no nos hagas esto.

- ¿Hacerte qué, pequeña ingrata?, o fui yo la que cerró el negocio. Atente a las consecuencias que ya no tardan en llegar.

- TE DIJE QUE NOOOOOOO...

Y en medio de ese grito desaforado, se avalanzó sobre lo que tenía frente a sí y que era orígen de su dolor. Sus manos empuñadas no dejaban de dar golpes azarosos pero efectivos mientras las voces no se acallaban y el reloj no cesaba su caminar.
El sol que poco a poco dejaba el cielo con su matiz rojizo dejó entrever la realidad en la habitación de Andaluz.

- Mis manos también se ven como el cielo, se dijo, mientras iba a buscar una escoba para barrer los pedazos del espejo roto.

sábado, 23 de julio de 2011

Capítulo 2: No apagues la luz.


“Cuenta  la leyenda, que cada noche al esconderse el sol y al no quedar rayo alguno en el horizonte, cuando ni los pájaros tenían el valor para cruzar el paraje, una silueta se veía caminar en medio de la nada.
Llevaba un abrigo de indescriptible color, por la falta de luz, y por el sonido de sus pisadas, unos zapatos con tacones.
El recorrido que hacía era el mismo cada noche, derecho, derecho, derecho. Gira a la izquierda, derecho. Se detiene. Alguien interrumpe su camino. Ese alguien cae al suelo y nuestra sombra misteriosa huye sin poder terminar su recorrido.
La misma leyenda cuenta que una mujer de mediana edad, pronta contraer nupcias, había recibido una carta en la cual, la citaban en la intersección de ciertas calles a una determinada hora. El mensaje tenía el carácter de urgente, por lo que no dudó un instante y corrió pensando que podía tratarse de alguna tragedia.
Pero al llegar unas cuadras antes del sitio acordado, un hombre la interceptó preguntándole por qué tanta prisa. Estaba Ebrio.
Ante la negativa de la muchacha, el sujeto en un ataque de ira, la tomó del cuello, azotándola contra el ladrillo de la pared contigua, matándola.
Desde entonces, al ponerse el sol nadie se atreve a salir de sus hogares, pues cada noche esta alma perdida intenta llegar al sitio del encuentro, pero de encontrarse con alguien, lo confundirá con su asesina y le quitará la vida, huyendo del lugar.”

Si había algo a lo que Andaluz le temía desde que era pequeña, era a la oscuridad. No era a la falta de luz propiamente tal, sino a su imaginación en medio de la umbra.
Toda clase de recuerdos pavorosos abandonaban el subconsciente, amo y señor de los sueños, y se hacían realidad en su habitación, por lo que no había tenido más remedio que recurrir a una técnica que la ayudara a dormir, así que metía todo su cuerpo dentro de la cama, no fuera ser que alguna mano negra fuera a tirarla de la cama, cerraba bien los ojos, y pensaba en mariposas.
Andaluz era una persona que gustaba del pensamiento, tanto de ella misma, como de otros. No perdía una sola oportunidad para reflexionar, y, mientras unos se ocupaban de cómo iban las acciones en la bolsa, ella estudiaba el accionar de su mente al dormir.
Ya lo tenía todo muy claro; boca abajo se tenían sueño placenteros y reconfortantes, en posición fetal hacia la izquierda sueño reconfortantes pero inconclusos, hacia la derecha sueños XXX. De lado no se soñaba nada y hacia arriba… con la boca hacia arriba se tenían pesadillas.
Andaluz más que tener un sueño que se interpretara como deseo frecuente, tenía una pesadilla recurrente. Esta consistía en que se perdía por una cierta ciudad, pero no podía volver al punto de inicio; generalmente el metro fallaba, pero nunca podía volver.
Había alguien de quien arrancaba, pero hasta entonces, no tenía la certeza si se traba de alguien o algo.
Esa mañana Andaluz despertó con la sensación que un plan debía ponerse en ejecución, porque al esconderse el sol, la gran jueza surcaría el cielo nocturno, y después de años de silencio, le rendiría cuentas a las dos.

lunes, 27 de junio de 2011

Capítulo 1: El secreto de Andaluz

De poder correr, podía, pero de hacerlo, seguramente no llegaría a ningún lugar.
Lo hecho, hecho estaba y aunque a menudo se auto sugería soluciones, ninguna era lo bastante sólida para convencerla.

Era miércoles, había comenzado recién el invierno y hacía muchísimo frío. Por la plaza Pedro de Valdivia no había siquiera un gato escudriñando la basura. Era tarde y estaba oscuro.
Le habían ofrecido llevarla en auto hasta su casa que quedaba a unas cuantas cuadras más abajo, un poco antes de llegar a Grecia. Pero sin una razón aparente se negó, o eso dio a entender.
En fin. Se quedó sola y como la micro no pasaba, no tuvo más remedio que caminar.

Hace unos días se enteró que su abuela materna había fallecido, pero no quiso viajar al funeral, quedándose sóla  en casa. Desde un tiempo hasta acá, la verdad era que ni la muerte la llenaba. Por favor, lector, no pienses que es una mujer inhumana con la incapacidad inherente de sentir, más bien era lo contrario. Con su abuela, nunca había tenido una relación especialmente cerca, afectuosa o cariñosa. Tampoco era algo que le quitara el sueño, pero presentarse haciendo como que de verdad le importaba la muerte de una mujer, madre de su madre, no era lo que consideraba un panorama de fin de semana. Ni si quiera por pasar unos días en el sur. A estas alturas de su vida, especialmente hoy, no quería nada.



Era tal su grado de apatía repentino, que podía acontecer el diluvio 2.0 y a ella... nada.

Andaluz era una niña, creo que eso ya quedó claro. Ni muy vieja, ni muy joven. Ni muy Selena Gomez ni muy xxxxxx. Disfrutaba de la "Buena vida" como a ella le gustaba llamar su filosofía, en la que únicamente no cabía la inconsciencia de la distorsión en todo aspecto.
Estudiaba Od.... en la Universidad de Ch....., pero no era un dato relevante cuando debía recurrir a una presentación espontánea y rápida.

Me ha pedido con explicitud, que no dedique párrafos vanos y cuantiosos en su descripción si no que vaya al me hoyo del asunto, pues requiere ayuda. Sin embargo, dejaré pistas tácitas para que tú, lector, puedas descubrir con quién hablas.

Aquel primer día de invierno, los árboles de desnudaron al unísono y el suelo se transformó en un cementerio de días felices que cubrían los pasos de Andaluz. Al tiempo que cambiaba a su antojo las luces de los semáforos para no detener su caminar, se cuestionaba sobre los últimos eventos de su vida.

- Si de verdad fue amor, comenzó para sí, es porque llegamos a conocernos; más jamás me esperé que esas palabras, espinas de traición, no fueran pronunciadas más que por él.
  Si de verdad hubiese sido amor, estaría llorando por no poder revertir nuestra condición de amantes sin propósito, y probablemente caería en la locura, desesperación y si estoy de humor, en los brazos de Carón; porque irse a otro sitio después de esta vida, era algo utópico. Si fueron pecados o no, lo que hizo  antes de conocerle, seguramente la condenarían,  y si no lo hacían, lo que haría, aún sin haberlo concebido en su cabeza terminaría por definir el destino de eso que queda cuando la carne se descompone.

- Si la maldad no fuera más que el sueño quimérico de un hombre o una mujer por alcanzar lo que siempre soñó? Mis sueños son simples, o lo eran. No sé si quiero seguir soñando luego de esto. ¿Venganza?, y ¿para qué? no va ha hacer que le de una segunda oportunidad.

Hacía más o menos un año, que había dejado atrás los vicios del juego con la emocionalidad humana. Sencillamente consideraba que lo que sentía por quien la sacó de la oscuridad merecía la pena. Pero ahora, cuando la decepción era evidente, ¿por qué no volver a las andanzas y sacar a la verdadera Lucy?

No, no podía actuar por despecho o peor, instinto. Esto debía ser tratado de un modo que el número de heridos tendiera a uno. Y ese uno, ya estaba definido.

Andaluz Seguía caminando a paso rápido, soñando quizá con París ,pero y aún en desconocimiento de su propia conciencia Lucy tramaba su regreso.





Pie de página: Espero contar con su apoyo, en esta nueva aventura en que sin duda contrastarán no sólo el bien y el mal, sino la propia ética de los lectores.

sábado, 18 de junio de 2011

Cuando el silencio reina.

De poder escribir los versos más tristes este día, estaría mintiendo pues lloro la ausencia con tanto fervor, que tomar un lápiz no podría, sería imposible.
Lloro tanto que el cielo se apiadó y para que yo descanse ha comenzado a llorar él, sin tregua, con la furia que siente mi alma, lo que queda de ella.
La casa está vacía, ya todos se fueron, la estufa casi ya no prende, tengo frío.

¿Como sobrellevar el silencio que me embarga?

Los sueños, sueños son y ante la vida misma y sus condiciones de juego no se puede hacer trampa. Aunque la voluntad insiste y el corazón ataca, no se puede más que mirar cual función de cine. Si el sueño, sueño es; me quedaré toda la vida soñando que volvemos a abrazarnos como en la mejor de las realidades.

Como dijo la violeta, la calma bajó a cero, y la melancolía junto a la desesperación toman sitio de adelanto en esta batalla que se acaba de perder, sin aviso, sin contestación.

Si de amor nadie se muere, la causa de mi desceso es desconocida.


martes, 31 de mayo de 2011

Visión antipoética

Salió apurado del edificio para alcanzar a tomar la 510 para llegar al metro. El semáforo dio roja, y 3 micros pasaron frente a él. Miró su reloj, estaba atrasado... y era sábado.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Resignación

Mi madre tenía razón, siempre termina teniéndola.
Esto me hace mal; así que adiós.


De modo permanente y definitivo.

viernes, 25 de febrero de 2011

Ophelia

No lo pensó dos veces y se escondió detrás de la puerta, a pesar de que ya no había nadie en la habitación. Las cortinas, ahora desgarradas en el suelo, dejaban sin ninguna censura que los escuálidos rayos de la noche acariciaran su cabello, su espalda, sus heridas.
Todo estaba roto, los muebles, el espejo, el televisor. El papel mural había sido arrancado, no por objeto de un ataque de ira, sino en la desesperación de escapar. A eso se remitía todo.
Las ventanas y la puerta estaban con candados desde hace días, cada cicatriz y herida abierta podían dar fe de ello. Había intentado muchas veces romper los vidrios, gritar para que de afuera alguien forzara la puerta y ella pudiera salir pero su cuerpo no quería despertar de una evidente pesadilla.
Aún con el cuchillo en la mano, no pudo más que arrastrarse hasta quedar detrás de la puerta del baño, tomándose de las rodillas cual niña a la espera de que le vengan a contar un cuento. No había nadie más en el cuarto, sólo ella, con sus ojos bien abiertos, conteniendo un llanto que se negaba a salir, desnuda, herida, libre.
La sangre inundaba la alfombra, se mimetizaba con los recuerdos que sobre ella yacieron, la cama goteaba sueños del ayer bajo los cojines despedazados por el infortunio de una navaja.
Su teléfono celular estaba sobre la cama, aún con la batería completa, esperando que el que estaba muerto, volviera a pronunciar esas cándidas palabras de amor, y junto a él, su libro favorito, ese que relata la venganza de un príncipe que fingió locura, mas su amada no se dio cuenta de la farsa y quitose la vida para no ver a su prometido desfallecer en una irrealidad de la cual ella no era parte.

Ophelia, sin embargo, estaba viva, escondida, enamorada, expectante a que quien día tras día le propiciaba caricias algo más ardorosas que un suave roce con la palma de la mano, se levantara para seguir con una vida que por lo menos era de ella.

Nada ocurría, lo quieto, quieto permanecía, y lo muerto…

Ella miró el arma y sin comprender cómo había llegado hasta su mano empujó la puerta para salir de su escondite. El olor a muerte atravesó su piel obligándola a mirar a su alrededor. Miró sin entender el desastre en aquel cuarto. El miedo y la desesperación comenzaron a apoderarse de sí. Ella... ella era la causante de todo, desde el comienzo. Quizá no había sido una buena amante, puede que hubiera dado demasiados problemas, pudo haber sido que hablaba demasiado, o sencillamente que se esforzaba en pedir algo que jamás podría serle dado. Se arrastró tanto como las yagas se lo permitían hacia el que había sido su compañero, su juez, su verdugo, su amor. El hedor a vino era evidente, mas lo recostó sobre su regazo y comenzó a cantarle aquella melodía con la cual se habían conocido 10 años atrás. Tarareaba al ritmo de su sangre, esa que corría con furia y alegría en lugar de aquella que se había vertido por todo el lugar.

 Los recuerdos se proyectaban en las ventanas cual autocinema nocturno, y el violín del estudiante vecino, un romántico empedernido comenzaba a sonar.
Se acercó la mano a la punta de la nariz creyendo que sangraría de nuevo, como lo hacía después de un saludo vespertino, o después de que el equipo favorito de la casa, perdía. Cuando la miró, sin embargo, no fue carmín lo que iluminó la noche, sino plata, plata proveniente de las lunas que comenzaban a iluminar ese rostro, marchito por la oscuridad de una vida ensombrecida por el velo de una irrealidad que había convertido en certeza, cuya fatídica verdad ocultaba con clemencia, un corazón enfermo por un amor que no se sabía realmente como sí, sino como un escape; escape a una vida vacía.

Recordaba con confusión el cómo y el por qué, quizá sólo pasó porque tenía que pasar; una premeditación no estaba en su memoria.

¿Y si la decisión no era asunto de estrategia, sino de ganas? ¿Si era su alma la que deseaba correr lejos de quien como tapete la ostentaba? ¿Podría haber sido ella, su libertadora en medio de la inconsciencia?

Él llegó borracho, como todos los viernes. Sin una pizca de sobriedad en sí, ni de cordura, respeto, decencia, ni nada. Algo de inconformidad con su vida, considerando que era merecedor de algo más que una “china” que le limpiara los platos, le hiciera la cama, y le planchara de mal modo los cuellos de las camisas, eso sí; cuando las usaba.
No podía encontrar la llave que correspondía a la cerradura del 33, dónde los del 32 y 34 estaban ya acostumbrados a estos espectáculos. Las patadas comenzaron a sonar en pos de que la puerta se abriera, a medida que su frustración por no llevar la vida que él debía tener se acrecentaba con cada golpe, acrecentado por el eco del pasillo. En medio del pánico, ella se puso la bata y corrió con el mismo espanto del cual era presa todas las noches, a abrirle.
Una sinfonía de gemidos y gritos en medio de una soledad concebida por el silencio de los que no quieren ver ahincaron la agonía de una princesa, que pudiendo huir no lo hacía, y un rey cuya corona bruñida no posaba sobre su cabeza y un cetro que no servía para sostenerse a sí, sino hacer que otros cayesen a sus pies.

Desesperada por ya no estar ahí, no pudo más que tomar una navaja que guardaba en la cocina y que usaba para navidad, cuando tenía que limpiar el pavo. Escondióla detrás de su espalda, sin la intención concreta de usarlo más que como instrumento intimidatorio. Pero la sangre y el deseo de libertad pudieron más que las ganas por amar, y desde una esquina de la habitación marital, arremetió contra quien le había jurado amor eterno y fidelidad hasta la muerte.

Ahí, a la luz de la luna, cantándole a una nueva vida; comprendió que la soledad se disipaba, clareaba el alba en su corazón, su cuerpo, sus ojos. Una presa enfrentando una libertad añorada.

Estuvo muerta a manos de sí misma, inmersa en la locura de otros que hacíanle creer que esa era la verdad. Una mentira en la que se vio envuelta su vida entera; era espantada por el soplo de la redención. Un perdón que se perdía entre sus cabellos.

Se levantó dejando, el pasado en el suelo junto a las vidrios rotos. Se puso la bata y caminó hacia la puerta. Aún con los pies, espalda y mejillas sangrando, cruzó el dintel de su propia vida; y desnuda frente al viento, se dijo:
-       Eres libre, Ophelia, libre.

viernes, 28 de enero de 2011

Debilidad

Ante sí un pasillo, solitario e inimaginablemente largo, mucho más que aquel de sus sueños. ¿Qué si había estado ahí? ¡Claro!, cada noche, en cada parpadeo. Sin embargo perdida se hallaba; los cuadros, los órganos flotantes en lo que parecía ser un líquido verdoso, adornando las estanterías, interrumpidos por gruesos libros tapizados en cuero de algún animal, le impedían recordar con claridad un camino que había hecho antes; toda su vida.
Los tacos de sus zapatos sacudían las paredes del edificio con cada pisada sobre la fría y vieja baldosa; los huesos de los esqueletos parados afuera de cada prosectoría, danzaban al compás de  las notas emergidas de esos pequeños pies.
El reloj clamaba con frenesí para que la caminata fuera más presurosa; hizo falta algo más que un blanco conejo para que encontrara el camino; pero todo era tan extraño, tan ajeno.

Como si faltara algo.

Sencillamente seguir caminando y hacer caso omiso a una carencia ficticia era más fácil. Aquello que no estaba podría encontrarse perdido temporal o permanentemente; y en caso de que en el mundo no existiese dicho elemento faltante y no fuera más que la sensación de cierto vacío en aquel pasillo, la ausencia podría simplemente, estar dentro de ella; y eso, su mente, era territorio ajeno y prohibido. Sobre todo prohibido.

Solía llevar con ella una cámara pequeña, siempre; decía que era para capturar recuerdos, no perder instantes importantes, que por trabajo seguro olvidaría. Sabía que eran escusas, pero con otras cosas lo había intentado antes; antigüedades, estampillas, plumas; tal vez ahora eran las fotografías.

Era una conocida anatomista, su trabajo consistía en recibir los cuerpos que eran donados a la universidad y mantenerlos a salvo del desgaste del tiempo; disección. Cuando le preguntaban a qué se dedicaba, al responder, la miraban con sorpresa y en algunos casos… un poco de asco. Pero ella no lo veía así. Con el tiempo se había convertido, incluso, en una necesidad. Cortar, abrir, buscar, sacar. No era algo enfermizo; de algún modo podía comprender la existencia humana desde una perspectiva: la física.

El tiempo seguía pasando, pero era nada lo que avanzaba, caminaba cada vez más rápido; pero el pasillo se alargaba, las ventanas dejaban su naturaleza para convertirse en espejos mágicos que repetían el paisaje del exterior.

Un sueño obligatorio

Afuera, en el patio, vio a una pequeña niña arrodilla en el piso recogiendo flores del pasto. Llevaba un vestido color rosa, y un sombrero de mimbre que le cubría el rostro de los rayos del sol. Sus rubios cabellos caían por su pequeña espalda, rosando casi el pálido concreto.
Una mujer alta y delgada se acercaba lentamente con semblante cariñoso. Se paró al lado de la niña, se encuncliyó con ella, para recibir un tierno abrazo por parte de la pequeña.

-       Su hija, pensó mirando por la ventana, - es su hija.
Bajó la mirada y siguió caminando por un pasillo sin fin.

Inevitablemente los recuerdos de su propia niñez arribaron a  su mente. Una casa grande, sola, un palacio a sus ojos deshabitado para una princesa traviesa. Un padre ausente, una madre a la que nunca pudo comprender. Un deseo irrefrenable por correr a sus brazos y decirle mamá te extraño, te quiero, te necesito. Estoy aquí, aguardando por ti. Mírame… ¿mamá?, ¿mamita, por qué lloras? ¿Te rascaste mucho las muñecas, por eso te sale agua roja de ellas? Vámonos mamá, y vivamos solitas las dos, lejos de todos. ¿Mamá… tú me odias? Pero no te vayas… mamá…
De sus ojos brotaron unas tímidas lágrimas al recordar que hacía más de 15 años no veía ni hablaba con su madre. Tantas veces que la necesitó y se negó a volver. Un orgullo maldito que le impidió pronunciar perdón durante tantos años.
Sea lo que sea que haya estado perdido, lo había encontrado.

Vuelve

El pasillo comenzó a estrecharse, las ventanas a hacerse cada vez más pequeñas. La puerta al final del dichoso corredor estaba al alcance de la mano.
Estiró el brazo para girar la manilla, pero algo la detuvo. Sentía que el cuerpo le temblaba por completo.
-       ¿Será esto… lo que llaman felicidad?, se preguntó para sí.

Al abrir la puerta, vio el pabellón tal y como lo había visto siempre. Los ayudantes la estaban esperando, con el cadáver cubierto sobre la mesa.

-       Bien, empezó ella,- vamos a comenzar.
-       Dicen que el cuerpo lo donó una señora antes de morir. Fue acá en el hospital. La enfermera mencionó algo así como que era la única forma de despedirse de...
-       Bueno, bueno, vamos a terminar con el cuchicheo y le daremos al cuerpo el respeto correspondiente. Bisturí…

Una ráfaga de viento le golpeó el rostro y no pudo menos que caer desplomada sobre la silla contigua. Las lágrimas no cesaban de caer por sus pálidas mejillas, le era imposible creer lo que sus ojos estaban viendo. Al correr la sábana y ver el rostro de quién inerte yacía, comprendió que el tiempo en vano no pasaba y en errores así ya no había cabida para el perdón.

Todo se hizo pequeño de pronto. Sólo era ella y ese cuerpo carente de aliento. Una comunión entre lo que fue y lo que irremediablemente es. Un perdón póstumo a manos de un bisturí.
Una intercesión mediante un irónica felicidad, una debilidad sin fundamento. Sólo quedaban recuerdos.