lunes, 14 de octubre de 2013

Capítulo II: Blancanieves


Come esta manzana, mi niña, come…” Bruja malvada

Lado A

No existía prenda en el mundo que pudiera quedarle mal. Tenía el desplante, el cuerpo, las facies… la percha, como se diría en vulgar castellano/chileno/shileno/tsileno. Donde quiera que fuera era, sin dudas, la mejor vestida. Cualquier temporada, en toda ocasión. Ella era… la It girl.

Comentarios tales como “qué linda”, “qué guapa te ves hoy”, “¿Qué haces para estar cada día más bonita?” eran frecuentes para ella, quien se los tomaba con calma sin caer en la vanidad de quien se sabe deseada.
Bajo la consigna “Siempre he sido así” vivía tranquila, sonriente, con una templanza envidiable; al menos eso era lo que mostraban los espejos.              

Lado B

A veces pienso que no es para tanto, que en verdad son sólo rollos míos, que la gente no se da cuenta de lo que en realidad pasa, lo que en realidad me pasa.
Hay días en que es más fuerte que en otros, hay días en que se me olvida, pero en cuanto mis dientes entran en contacto lo recuerdo. Ese casi placentero ardor en el estómago, me dice que lo estoy haciendo bien, que todo el esfuerzo que he hecho está valiendo la pena; me abrazo la cintura para confirmarlo, aún falta.

Me miro de perfil en los espejos, pero no precisamente para apreciar mi nariz, esa que dicen que es bonita, pero a mí no me gusta. Me ajusto la ropa por detrás… debe ser el espejo que tiene aumento.

¿Cuánto tiempo más tendré que resistir las ansias, la angustia… el hambre? ¡Cuánto falta!

Hay que reconocer una cosa, tener todo el día ganas de comer definitivamente no es lo peor, la desesperación de no poder saciar las ganas no es lo peor. Lo peor es la culpa; la culpa de caer en la “tentación”, de saber que no puedes, y no ser lo suficientemente fuerte; valiente como para resistir. Caigo y lloro, lloro mucho, porque el esfuerzo de semanas se pierde, y así pasa el tiempo… y así sigue pasando.

¿Por cuánto? No sé. Llevo 13 años y esto no termina todavía.

Cuando nos vemos, voy nerviosa a nuestro encuentro, voy con las ganas de verte, con las ganas que me veas y esta vez sí te des cuenta. Pero las horas transcurren sin piedad y te vas… sin una palabra, y vuelvo a preguntarme ¿Para qué?

Yo sé que no vas a entenderme, porque ni si quiera yo entiendo esto. Sólo sé que es más fuerte que yo, que aunque trate de despertar del sueño, hace falta algo más que el mágico beso del príncipe, de mi príncipe para sacarme de este infierno.