
“Dice el gran maestro que no existen boletos de ida y vuelta, sino sólo de ida; si los tomas bien y si no… te quedas abajo.”
El expreso de esa mañana, iba vacío. A excepción del resto de los días en que iba colapsado de caras distintas con el paso de cada estación, ese día no había persona alguna.
Se subió, tomó el asiento como de costumbre junto a la ventana, acomodó sus cosas con el asiento contiguo y se quedó mirando al horizonte.
El cielo estaba gris, el sol habíase ido de vacaciones a París, y unas tímidas gotas rebeldes se aventuraban a la muerte. Las personas de la estación corrían para tomar el tren, pero nadie subía. Por lo menos, era lo que ella veía.
El vidrio de la ventana se empañaba con cada suspiro, su respiración continua dibujaba la historia de una vida lejana, que a ratos dejaba de pertenecerle.
¿Dónde iría?
Al otro lado del andén, un perro meneaba el rabo. Giraba sobre sí, saltaba, corría alrededor de los familiares de los viajeros, que a modo de despedida agitaban un pañuelo en el aire.
Marcharse. ¿A dónde?
Había pedido permiso en el trabajo para ausentarse un día o quizá dos. Cuando le pidieron el motivo, no supo qué contestar. No lo sabía.
No podía recordar su rostro, su voz, sus manos. La sonrisa matutina se alejaba a cada segundo de su memoria. El brillo de sus ojos se apagaba, el color de su cabello ¿era negro? ¿Quizás marrón?
Sus abrazos, ahora evocaciones provocadas, ya no existían en la cotidianeidad de sus latidos.
¿Dónde estaba?
Una campana indicaba que el tren ya se pondría en marcha.
Pensaba en cuánto tiempo se había tardado en descubrir que el secreto no era alejarse, sino volver. Ahora, qué aún existía el recuerdo de un recuerdo.
El tren se meneaba suavemente sobre la hierba que acompañaba el recorrido de los andarines, la acompañaban a ella. A ella que nada sabía sobre guerras, ni de matemáticas, ni arte, menos de edificios o genética.
Sólo perdón. Perdón y soledad.
Los campos recordábanle su infancia, sus juegos, las peleas con sus amigas. El viento hizo lo suyo. El olvido el resto.
¿La estarían esperando?
Un estremecimiento brotó desde lo más profundo de su alma. Desde el asiento de adelante, la observaban. Un hombre que ella no conocía, que no le provocaba nada, la miraba fijamente, como si quisiera decirle “DEVUÉLVETE”.
No quería devolverse. Si salió de un lugar fue por una razón, inespecífica pero razón al fin y al cabo. Además, sólo tenía un boleto.
Un guardia pasó junto a ella para solicitarle el boleto.
- ¿sólo uno?
- Sí, respondió ella con su aguda voz habitual, sólo uno.
Y sonriendo el guardia perforó su pasaje y se difuminó entre los fantasmas.
El paisaje se hacía cada vez más lento, nítido, claro.
No sabía en dónde estaba, aquel lugar era completamente ajeno a todo lo que siempre había conocido. A pesar de ello, no se sentía perdida.
Caminó largas horas entre los pastizales, las rocas, la tierra y lagunillas que se formaban a causa del barro, siempre pensando en sus ojos y en lo mucho que los extrañaba.
Una reja alta, de hierro imponente impedía su camino.
Una señora, cuya cabeza un manto cubríale dijo “hace tiempo que la estaban esperando mi’ja”
La desesperación nubló su corazón y entonces, ya no hizo más que correr. Su mochila, sus libros, su vida, la dejó ahí, sobre el asiento desocupado del expreso en que aquella mañana iba vacío a los ojos del retorno. Quedaron ahí, intactos y ordenados, al igual que como ella los dejó.
La suela de sus zapatos se había roto y su vestido estaba bordado en lodo. El sudor corría por su rostro, y su respiración, agitada cómo cuando era pequeña y debía huir de la vecina por haberle roto una ventana con una piedra.
- Hola mamá. Te extrañé.
Y sobre la piedra mojada por la lluvia que había comenzado a caer sobre el mundo, se quedó dormida, aferrada a la roca, como cuando niña en sus brazos y soñó con los pasteles, las historias y con sus ojos.
Volvía a verlos en medio del silencio de su recuerdo.