Esa mañana era totalmente distinta a cualquiera de las que antes hubiera vivido. Era la última.
El sol, tímido y mezquino, se asomó como quien no quiere ser contemplado por la ventana de Manuel. Aún somnoliento, tuvo la valentía para abrir por última vez sus ojos al despertar y ver tan espléndida mañana. Nunca en sus 60 años de vida había la observado así, con su simpleza retórica e infinita hermosura, y menos recordaba, en sus 60 años de vida, haber visto un cielo más azul que ese. Siempre, y desde que murió su esposa Margarita, tenía por costumbre levantarse inmediatamente de la cama en cuanto abría los ojos. Consideraba que tenía demasiadas cosas que hacer todavía y poca vida por delante como para quedarse holgazaneando y ver a las bandadas de pájaros surcar el cielo. Esta era la razón que se daba todas las mañanas para que el dolor y la agonía no lo consumieran, pero la verdad era que no se quedaba más tiempo porque no soportaba la visión que le proporcionaba la realidad al darse vuelta y no ver a nadie a su lado envuelto en las sábanas blancas que cambiaba dos veces por mes. Pero esa mañana toda era diferente, incluso él. Ya no era el mismo Manuel que salía el primero de cada mes a comer con el sueldo recién en el bolsillo, ya no era el mismo hombre voluntarioso que gustaba de preparar el almuerzo los domingos para que su mujer no se tuviera que levantar, pero tan poco tino tenía para las labores culinarias que muchas veces y sólo por orgullo se tuvo que comer él solo esos tallarines pegoteados, mientras su esposa sonriente le preguntaba si es que le quedaron buenos.
Esa mañana, azul y despejada, Manuel decidió quedarse mirando el cielo y las criaturas en él contenidas.
Cuando por fin decidió ponerse de pie y comenzar el que sería su último día, una lentitud sombría lo dominó de pronto. Era como si el tiempo no quisiera seguir andando, la vida no le quería decir adiós a ese hombre, medio encorvado, con las carnes fláccidas por el ejercicio que nunca hizo, de imponente figura en su juventud, mas ahora no era más que una sombra que si pasaba, no era notada por nadie a excepción del silencio. Cada paso hacia la ducha era poner en andas una película muda y en blanco y negro, en que relataba la vida y obra de un ciudadano cualquiera, olvidado incluso por la soledad. A eso se había remitido su vida.
Mientras el agua caliente abrazaba su cuerpo, una melodía inconclusa comenzaba a sonar, era "el vals de la vieja" como le decía él a aquella pegajosa cancioncilla que tarareaba de vez en vez y para ocasiones especiales. Con el agua cayéndole de la cabeza, se tocó los brazos, su vientre, su espalda, sus piernas. Recordó la primera vez que su madre lo bañó en el estero cercano a su casa. Sentía miedo a esa abundante masa cristalina y helada que lo acechaba, intentando atraparlo desde la orilla con un incansable y amenazador vaivén. Su madre, sin embargo, lo tomó por la cintura, lo acercó a su pecho y le susurró al oído " ¿ Cuál es el lugar del mundo que más te gusta?, "el parque" respondió él, " entonces, cierra los ojos e imagina que estás en el parque y ya no sentirás más temor, yo estoy contigo". Ahí, parado en medio de una ducha caliente, en la soledad de su hogar, cerró los ojos y pensó en el parque de su niñez, los juegos con su hermano, las risas de su padre a la distancia, y por vez primera en mucho tiempo, ya no sintió más temor de lo que sólo el corazón tenía hasta entonces certeza ciega.
Con sus manos arrugadas sin saber si era por el paso del tiempo o por la extensión del baño limpió el espejo del vapor para contemplar su rostro. Lloró. Ahí desnudo frente a un espejo que lo había enjuiciado toda una vida, lloró. Por los hijos, por la vieja, por los perros, por el desamparo. Así sin más que la piel encima se sentó en su sillón, y miró por la ventana. El cielo se había nublado, y las hojas de los árboles se habían caído de repente. La acera estaba alfombrada con hojas suicidas color marrón. Miró a la gente caminar, por la plazoleta que estaba frente a su balcón, y los envidió por que no sabían lo que era sentir que cada nuevo día podía ser el último. Pero aquel, realmente lo era, y él lo sabía. Se asomó a su terraza a sentir el viento estrellarse contra su cuerpo translúcido por el devenir de la muerte y lloró una vez más. Gritó, maldijo, escupió al cielo con la seguridad de que este no volvería a caer. Ese día se puso sus pantalones blancos, su chaleco negro cuello alto, su abrigo largo, y salió. Aún tenía muchas cosas por hacer.
Antes de salir regó las pocas plantas que quedaban se esposa a quienes había cuidado como hijas cuando las verdaderas se fueron a hacer sus vidas. Desde entonces las regaba día por medio y limpiaba todas y cada una de sus hojas para que no se fueran a morir escondidas por el polvo sin que nadie nunca más volviera a saber de ellas. Abrió las ventanas de toda la casa y salió, dejando las lleves adentro, ya que no tendría necesidad de ellas nunca más. Bajó las escaleras una por una, recordando la primera vez que las subió un poco más solo que ahora, cuando recién había llegado a la cuidad, transferido luego de abandonar los hábitos sacerdotales porque sentía que su vocación no estaba en la prédica sino en otro lado y se había ido a buscarlo. Cruzó la calle con más cautela que nunca, con más sigilo que nunca, con más calma y tranquilidad que nunca. Atravesó el parque solo, danzando en medio de aquel mar de hojas, tratando siempre de no pisar ninguna, aún tenía la esperanza de que se cansaran de estar acostadas y decidieran volver a la cúpula de los árboles y presenciar la vida desde otro ángulo. Pero a medida que pasaban los árboles, los bancos vacíos y la melancolía lo envolvieron de tal modo que por un momento se vio imposibilitado para moverse. Con los ojos abiertos de par en par se dio vuelta y vio ante él, que todas las hojas lo habían estado siguiendo. Comprendió que no bastaba sólo con no pisarlas, sino que había que ayudarlas a emprender el vuelo hacia lo alto, así que con una semisonrisa esbozada en el rostro las tomó por montones y con un impulso de abajo a arriba, las dejó libres por el cielo. De pronto un sonido familiar brotó desde los edificios, de los automóviles que transitaban hacia atrás todos. Las campanas de la iglesia lo estaban llamando por última vez. Cuando llegó al umbral de la catedral estaba empapado, se había puesto a llover de una manera repentinamente colosal, parecía como si el mar se hubiera invertido. Dudó, no sabía bien si era lo correcto, si era apropiado, pero abrió la puerta y entró. No se extrañó de no ver a nadie en aquel lugar. Desde que murió su mujer ya no se extrañaba de no ver a nadie en lugares donde " normalmente debía haber gente", ya no se alarmaba cuando atravesaba a las personas en mitad de la calle. Se dirigió hacia el altar para ver más de cerca el rostro de Dios, tenía muchas cosas que preguntarle y ya no podía aplazar más la visita, pero se percató de la presencia de una devota que rezaba fervorosamente de rodillas y con un velo sobre el rostro. Esperó, necesitaba hablara solas con él, por lo que decidió esperar a que la mujer terminara sus oraciones para quedar completamente solo. Era ya casi una manía, una maldita costumbre, no soportar la compañía, ni de otros ni la de él mismo. Al darse cuenta de estas reflexiones en sí mismo, no se dio crédito y en un intento por auto demostrarse que su vida no había sido sólo costumbres determinadas por la soledad, se sentó próximo a la mujer, y miró hacia arriba. Bastó muy poco tiempo para que el efluvio de aquella que pedía a Dios humildemente a su lado llegara hasta él. Lo conocía, de algún lado que no lograba recordar. Cerró los ojos, según él, para concentrarse mejor, pero en lugar de eso fue transportado a su pueblo natal, a los juegos con su hermano en la polvorosa cancha soleada corriendo detrás de una pelota, las peleas a muerte con sus amigos en pos de proteger la honra de sus hermanas, las noches en que su padre borracho retornaba al hogar, y les contaba las historias más increíbles que jamás antes del seminario tuvo la necesidad de leer la biblia, las risas de su madre, sus abrazos cálidos, sus besos, su entereza estoica con la que afrontó la vida. Su madre.
Se volteó para verla de frente. La mujer desvió sus ojos del altar para mirarlo, " ¿ Qué has hecho con tu vida Manuel?, ¿ Qué más aparte de escaparte del dolor?". La mujer lo seguía mirando fijamente, recorriéndolo por completo, examinándolo exhaustivamente. Manuel se arrodilló frente a la mujer que no dejaba de observarlo cual madre reprendiendo a un hijo, " ¿ Qué más sino tratar de vivir como he podido, en medio de toda esta mierda?, le respondió. Manuel abrazó a la mujer por la cintura y lloró. Sabía que no era verdad, él sabía cuánto le había costado todo lo que había hecho, pero la pregunta trascendental era ¿ Cuál era el resultado de toda esa lucha?, ¿ y dónde estaba?. Esa tarde un viento fuerte azotó los ventanales de la iglesia, las estatuas de los santos se entumecieron y miraron con envidia a los creyentes que acudían abrigados. Manuel levantó la vista pero la mujer ya no estaba, la buscó en medio de la multitud que se había formado; todos esperando a que escampara la lluvia, pero no la encontró. Nunca lo supo pero ella lo observaba desde lejos, refugiada del aguacero y del viento tenaz, resguardada del sufrimiento mundanal y más aún de la crudeza humana.
Se asomó desorientado a la calle cubierta por un manto blanco, buscando una respuesta que le pudiera explicar el por qué de tanto sufrimiento, el por qué de tantos años, el por qué de tantas lluvias y el por qué de tanto llanto. ¿ No será cosa del destino que me quiere ver rendido después de tanto tiempo?. Un hombre de terno y corbata, con un maletín en la mano se le acercó. Tenía la cara ensombrecida, como aquellas que los acecha la muerte. " ¿ Pero de qué lucha está hablando hombre, si aquí no hay nada por qué vivir, que va a estar uno luchando señor?, mejor váyase a descansar, no sea que el viento lo agarre a usted mal parado y se lo lleve como con las hojas". Para cuando quiso responderle se vio sólo en medio de la acera. Sólo, más que cuando vino a mundo, más de lo que estuvo cuando murió su mujer, más sólo de lo que había temido siempre. Frente a sí vio cómo la calle atiborrada de silencio se abría a su paso, y sintió cómo lo empujaba para andar. "Seguir andando, pero ¿ Para qué?, ". Una voz invisible en frente de él le respondió " La pregunta no sería ¿ Por qué detenerse?, estás atrasado, las flores ya empiezan a brotar y tu aún estás aquí, parado, mirando a tu conciencia, que de otro modo no la oyes". Ese día era el último en la vida de Manuel, pero aunque él no lo sabía su corazón no lo dudaba. Sintió brotar de sus entrañas un fuego real y ardiente, unas ganas de gritar descontroladamente al mundo y de correr, correr hasta que el cuerpo ya no le diera más. Morir corriendo, morir gritando, morir luchando por alcanzar lo que aún estaba a tiempo de conseguir: su propio perdón, su propio olvido, su propia felicidad. En 60 años nadie se la entregó del modo que la vio idealizada por igual cantidad de tiempo, pero ahora, Manuel corría sin una dirección fija, pero sí enloquecida y desesperadamente por llegar a no sabía qué lugar para poder reír en paz y huir por fin de su autocompadecimiento.
Se detuvo. Las primeras flores de la primavera se decidían a salir o a esperar al año entrante, pero al ver a Manuel no lo dudaron y resplandecieron con toda la altanería que pudiera tener una florecilla primaveral. El sol brillaba a más no poder sobre sus cabellos y una gota de sudor acariciaba su mejilla. Se sentó junto a una dama muy hermosa, que esperaba paciente sentada junto a él. " ¿ A quién espera señorita?", " Al que hace florecer las flores, caballero". Asombrado ante la respuesta Manuel no dudó y le respondió entre respiros cortados y arrítmicos " Yo soy ese que busca, dígame para qué seré bueno". La dama se puso de pie y le extendió uno de sus pálidos y delgados brazos, " Qué bueno que por fin llegas Manuel. Hace mucho que te esperaba".
Esa mañana, para Manuel sería la primera de muchas que no tendría que levantarse de madrugada. Esa mañana Manuel se dio vuelta, y le dijo a quien se encontraba envuelta por las sábanas junto a él: " Te eché de menos, mi amor".
Fin.
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