Cuando lo dejé en el tren, aún no se dejaba la barba. En su lugar una pelusilla que hacía las veces de bigote incipiente. Ninguno de los dos entendía completamente lo que estábamos haciendo, pero ahí estábamos, despidiéndonos.
Me preguntó si quería subir con él al tren, queda un rato para que partiera. Pero le respondí que no. Siempre me ha dado angustia subirme a los trenes o a los buses cuando ya están por partir, me da la sensación de un retorno imaginario, algo que no va a ocurrir.
Lo que logro recordar, después de todo este tiempo, es que llevaba sombrero, o yo le decía que se lo pusiera, pero su cabello, negro, enmarañado a ratos se lo impedía, no había caso, parecía de paja. ¿Cómo tendrá el cabello ahora? ¿Tendrá cabello? Al pensar esto una sonrisa escapa a mi rostro.

Recuerdo que antes de llegar a la estación le dije que iba a perseguir el tren con un pañuelo blanco, corriendo por el andén, hasta que este terminase. Él me miró con reproche, con vergüenza, con… Me dijo que podía hacer lo que quisiera, pero que no llorara. Eso, era una de las pocas cosas que no soportaba de mí; verme llorar por cosas sin importancia, cómo un final triste de alguna serie que pasaban por la tele, o con un libro de romance.
A veces todavía pienso en él, en sus ojos pardos. Enciendo la radio, escucho un buen blues, me fumo un cigarrillo, de esos que solíamos fumar a hurtadillas, y le recuerdo.
Ese día, caluroso de abril, acordamos volver a reunirnos hoy, en el mismo lugar, con las mismas caras, con la lengua rebosante de historias, de risas, de vida. Una que vivimos separados, pero más juntos de lo que hubiera sido posible.
Pare ese entonces, era rubia; ahora poco queda de esos ricitos de oro, como él solía llamarme para molestarme. Las caras no son las de ayer, mas los ojos se recuerdan y se reconocen.
Recuerdo que agité el pañuelo con tanta fuerza, que el brazo me dolió una semana completa, no sabía qué más hacer, esa era la verdad. No nos dijimos nada, guardamos el momento para contarlo en innumerables ocasiones. Corrí, corrí tan rápido que pensé que podría seguir así, acompañando al tren durante todo su viaje, hasta el fin de los tiempos, juntos. Pero el andén acabó, y ya no hubo nada más por hacer.
No hemos hablado desde entonces, hemos guardado esta historia para el momento apropiado, nada de cartas, encomiendas, o eso que llaman e-mail en estos tiempos. La esperanza se guarda paciente, ferviente y se alimenta con recuerdos y fantasías que sazonan el vivir.
El tren viene de regreso, después de su incansable travesía, y el vapor dibuja historias en el cielo, pensé que ahora, con mis tres piernas, podría correr más rápido, pero el tiempo es implacable y no puede hacer más que agitar el pañuelo, como lo hice hacía tanto.
¿Cómo sabré quién es? ¿Podré reconocerlo? ¿Y si no llegó?
Las lágrimas corrían tan presurosas por mis mejillas, que mis manos envejecidas por la vida, no daban abasto para evitar una lluvia inminente.
Entonces, fue cuando escuché una voz a mi espalda, tan profunda, que podía escucharse el mar en ella. Tan seria, que no pude voltearme inmediatamente. Una voz, que había estado esperando la vida entera. Una voz que me dijo:
- -Ya no llores, odio que lo hagas.
Dulcecitos, dulcecitos. ¿Cuánto llevo esperando esto? ¿Un mes? Estuvo divertido leerlo. Y pensar que se puede esperar tanto sin perder la cabeza. Hoy, pienso yo, ya no suceden estas cosas. ¿En qué momento? Ya casi no queda paciencia.
ResponderEliminartodo depende de la motivación estimadísimo.... quizá no con alguien en particular, sino con algo, algún sueño, quien sabe... hay gente que espera la vida entera para encontrar al amor.
ResponderEliminargracias por tu paciencia... despues de esta semana escribiré más seguido xD
Preciosa historia.
ResponderEliminarMe ha encantadoo...