sábado, 12 de mayo de 2012

Epistaxis

La manilla de la puerta quedó manchada cuando después del primer golpe salió corriendo hacia la calle.
Esa mañana las palabras "escapar" sonaban tan ajenas, impropias, robadas si las pronunciaba en secreto detrás de la puerta. Pero la desesperación colmó sus venas y expropió la calma y temple despojándolo de cualquier pensamiento que no fuera salir de ahí.
El piso también quedó sucio, y las paredes, y los espejos, y las cortinas recién lavadas esa mañana y los muebles. El grito lo perseguí mientras bajaba las escaleras, los 84 escalones, cada uno adornado con una gota carmín. La calle se fue pintando, los árboles, el pasto. Sus oídos ya no escuchaban nada.
Se sentó tranquilo en medio de la acera viendo el paisaje re encantado por la extravasación de sus angustias.
Con el puño de la camisa negra, se secó la boca y miró la manga. No entendía por qué fuera de sí todo se veía más brillante.

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