A veces vivir resulta fácil, algo sencillo
y en lo cual no hay que poner mucho esfuerzo. Uno no está pendiente del flujo
de aire constante y que de modo involuntario recorre nuestro pulmones… y algo
más. Es algo automático, involuntario… algo que ocurre, y de lo que a simple
vista podría rehuir de toda culpa y/o responsabilidad: “yo no pedí estar vivo”.
Resulta que a veces, inmersos en este
éxtasis de bienestar superfluo, no por ello ficticio, algo en esta burbuja de
alprazolam con cognac (no recomendado a quienes sufren de soledad patológica)
se rompe. Upsi… una fisura, algo. El engranaje se discontinúa; algún chistosito
irrumpió con un objeto extraño entre las tuercas y arruinó el sistema.
Desequilibrio inminente.
Entonces respirar ya no es algo que se
pueda hacer sin más, y rogamos a algún lado, a alguien que venga con lápiz Bic
a insuflarnos oxígeno, porque nunca aprendimos cómo ingerirlo de manera consiente
y ahora… ahora estamos jodidos (uno, porque nadie anda con un lápiz Bic por la
calle, y dos, pocos sabes lo que es insuflar). Caemos en un espiral descontrolado
en busca de la respuesta que tuvimos, y que ahora carecemos y nos preguntamos
el mítico “por qué”. Pensamientos de este calibre acompañado de infundadas y
supuestas crisis existenciales terminan por doblegar la más estoica de las
voluntades, por no mencionar que a las débiles también. Sin embargo, y he aquí
la problemática del presente texto, es la imposibilidad o la ausencia de herramientas
adecuadas para, como se dice en lenguaje coloquial, pasar página y seguir. Algo
impide ese “soltar y caer” quizás, y no critico a quien lo piense porque es lo
más sensato, sea el miedo al golpe. Es bastante razonable adoptar ciertas actitudes
por temor al dolor, habla que aún queda sentido común en esas mentes corrompidas.
(Entiéndase corrompidas como un eufemismo que hace referencia a la mentalidad
social actual).
Soltar y caer, seguir con la vida, no hablar
más del tema, pasado pisado, dar vuelta la página… creo que se ha dedicado más
tiempo al problema que a la solución.
El miedo, a mi parecer (basado netamente en
experiencias personales y no tan personales), recae en la incertidumbre de
enfrentarse a algo nuevo, en este caso, una experiencia nueva, y sentir la
necesidad de volver a lo que se tenía, tratar de mejorarlo, aun cuando no tiene
arreglo. Despojarse de lo que se posee, de lo que se arrastra, de lo que
condena… es difícil. Son mis experiencias, mis recuerdos, mis ilusiones, forman
parte de la vida que planee. Pero resulta que ya no está, y si existe, es
porque la llevo a cuestas. Un prisionero del pasado, añorante de un futuro
construido en base a meros recuerdos y migajas caídos de una mesa sin patas.
Soltar y caer. Sí, la caída puede ser
fuerte, pero por ahí una canción dice “sin dolor no te haces feliz”… qué tan
cierto será. Es eso o seguir con lo mismo. Yo me arriesgaría, aunque fuera por
la sola curiosidad, ya nada tengo que perder; y esa, a mi juicio, es la
verdadera libertad.
La vida otra vez vuelve a ser fácil… pero
soy consciente de ello.
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