A Federico, o Fede (los amigos tenemos
costumbres extrañas de repente), lo conozco desde hace tiempo, menos del que
quisiera en todo caso, pero nadie le dice así… a todos les gusta decirle por el
apellido. Desde que era pequeña, lo miraba distante hacia el living de la casa
de mi abuela, que era donde solía pasar las cálidas tardes de verano, en
compañía de otros menos dignos de mi generosa atención en ese entonces.
El Fede tocaba el piano, pero siempre que
lo hacía, me aburría mucho, no me sabía ninguna de sus canciones.
Un día, estaba triste, y me dí cuenta que
él también lo estaba; entonces empecé a verlo menos como invitado y más como
cómplice, teníamos más en común de lo que habíamos pensado. Empezamos a
conversar, aunque sus únicas palabras siempre fueran notas, suaves y deliciosas
notas, que tocaba sólo para mí. Fede sabía cómo hacerme sentir mejor cuando
estaba deprimida, cuando me dolía el corazón, cuando amenaza con explotar de la
rabia, podía calmarme en un instante. Y yo a cambio… yo a cambio verbalizaba
cada compás, haciendo juego con sus
tempos.
Hoy Federico está de cumpleaños, y hemos
vuelto a conversar un rato, había mucho que comentar. Esto fue lo que me
respondió…
Con mucho cariño para Andrés y Rocío, amigos entrañables.
eres máxima... de todo lo que escribes salen maravillas, y logras poner los sentimientos ahí, a la vista, y a la vez lograr que nadie los vea, sólo los que saben ver... te adoro, amiga, con el alma!
ResponderEliminar