La casa de
Dublé Almeida olía a historia; a historia con aliño completo. Olía a jibia
penquista, a ajo chilote y a carne o’higginiana. A golpe forzado y a libertad
devuelta. Al pan tostado de la once de las cinco, donde los dos abuelos se
sentaban en una mesa con cuatro sillas vacías a comer en silencio. Olía a la
muerte, eterna invitada del Velasco, a las hijas ausentes y a las nietas rubias
y morochas. Podía olerse la soledad sazonada con jengibre, a los fantasmas
atrapados en el espejo, a las lágrimas con cebolla… y a las lágrimas sin ella.
Los años son
implacables y mi mamá se está poniendo mañosa… la casa empieza a oler a
condimento.
...
ResponderEliminarsiempre enigmática, y siempre atrapa... me gusta leer lo que escribes :)
Ya eran muchos los días sin pasar por aquí, creo que hay muchos bajo este nombre, mas solo uno que es aquel... Uno que anduvo pasos y huellas antiguas en larga reflexión, y llegó aquí, a tu mismísima puerta buscando sanación...
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