viernes, 20 de junio de 2014

Herencia

La casa de Dublé Almeida olía a historia; a historia con aliño completo. Olía a jibia penquista, a ajo chilote y a carne o’higginiana. A golpe forzado y a libertad devuelta. Al pan tostado de la once de las cinco, donde los dos abuelos se sentaban en una mesa con cuatro sillas vacías a comer en silencio. Olía a la muerte, eterna invitada del Velasco, a las hijas ausentes y a las nietas rubias y morochas. Podía olerse la soledad sazonada con jengibre, a los fantasmas atrapados en el espejo, a las lágrimas con cebolla… y a las lágrimas sin ella.


Los años son implacables y mi mamá se está poniendo mañosa… la casa empieza a oler a condimento. 

2 comentarios:

  1. ...
    siempre enigmática, y siempre atrapa... me gusta leer lo que escribes :)

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  2. Ya eran muchos los días sin pasar por aquí, creo que hay muchos bajo este nombre, mas solo uno que es aquel... Uno que anduvo pasos y huellas antiguas en larga reflexión, y llegó aquí, a tu mismísima puerta buscando sanación...

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