domingo, 6 de julio de 2014

De muerte


La explicación de por qué no había nadie en las calles de Santiago ese Sábado, era bastante evidente y plausible. Yo iba despreocupada, con mis audífonos puestos, pensando en las canciones para la misa de la Maríta, o al menos ese era el encargo que me habían hecho.

Me conmovió el clima de congoja de la multitud congregada en torno a la difunta, la clara angustia reflejadas en tenues muecas  de ansiedad y decepción. Nadie decía nada, las palmaditas en los hombros hablaban por ellos - lo vamos a lograr, tú tranquilo, hay que confiar- decían entre susurros, mientras volteaban sus cabezas a la pantalla brillante que yacía entre sus dedos.

El cura hablaba; se podía sentir la tensión en el aire, nadie respiraba, el clamor a Dios enardeció las débiles llamas de la fría capilla. De pronto un suspiro largo y mojado empapó a los santos en sus vitrales. Las lágrimas comenzaron a brotar y la incredulidad cobró presas a esas entristecidas almas.
Habíamos quedado fuera del mundial.


Chile estaba de muerte. Dio la casualidad que la Marita también.

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