
El reloj con su agónico tic tac, no dejaba de torturarme en mi angustia dentro de esa sala.
La lluvia incesante que caía esta vez de arriba hacia abajo, impedía la visión hacia afuera; era prisionera de un panorama desalentador.
Pero de todos modos yo me lo había buscado ¿o no?, acaso ¿no le había prometido al juez que trataría de rehabilitarme?
Una copa tras otra, y otra para finalizar en la camilla de un hospital, después de haberme tratado de tirar a las vías del tren.
Rehabilitarme.
¿Sería ese el término correcto para referirse a… mi situación?
Creo que era mi idea, tal vez no, pero ese día había demasiada bulla en la consulta, más que los otros días. Esta vez había voces cantando el “Ave María” en latín mientras burbujas de colores flotaban por el aire.
En frente de mi asiento, un sujeto veía una revista al revés… ¿o sería que yo estaba de cabeza? De un tiempo hasta acá todo se ha vuelto tan relativo, que hasta dudo si estoy con vida o no. Pero creo firmemente que aún lo estoy, sigo viniendo con este doctor de mierda, que lo único que dice es: “y… ¿has tenido alguna crisis esta semana?”
Me dan ganas de mandarlo a cagar un buen tiempo a algún lugar en donde su madre haya terminado de parir.
Pero él no tiene la culpa. La culpa es mía, como siempre, en realidad.
Pero no estamos hablando de mí.
Es el reloj el que me hace pensar tantas cosas. No debo pensar. Tomo pastillas para no hacerlo. Hace mal. Pensar me hace mal, junto con hablar, tomar, fumar, vivir. Me mata.
Desde fuera un suspiro largo y mojado dibuja un corazón por el otro lado de la ventana. ¿Será el mío?
Quiero abrir la ventana, pero esta vez no para saltar a través de ella, sino para ver los desnudos árboles muriendo de frío, mientras sus hojas promiscuas se van con la primera brisa que pase.
Me dan ganas de ser hoja y largarme. Salir volando, perderme… para jamás volver.
Desde mi asiento, se escucha a los autos salpicar el agua que descansa en la orilla de las cunetas, agonizando con cada luz verde del semáforo; ¿es que nadie piensa en el agua que se va cloaca abajo?
Una voz aguda comenzó a hablar en un idioma extranjero. La verdad es que tampoco le prestaba atención. El reloj estaba sonando muy fuerte.
Una mano helada se posiciona sobre mi hombro
- El doctor está listo para atenderla señorita.
La puerta se abre, los cánticos llegaban hasta el cielo. Me siento.
No escuchaba nada, sólo la música de tus ojos apagados.
Un error lo comete cualquiera…
- Ahí están las pastillas de esta semana, dijo el doctor con una cara de reprobación absoluta.
Lo bueno es que siempre hay algún escape artificial al dolor.
Dedicado a mi hermana (por no llevarle ningún mouffin hoy), a Pablo, a la Malu (amiga sabes que siempre estaré contigo), a todos los que leen el blog, y… a mí. (Yo sabré por qué)
No hay comentarios:
Publicar un comentario