lunes, 6 de agosto de 2012

Dulce espera


Con los ojos como platos y la mirada impávida se quedó sobre la alfombra mirando el vacío. La cortina entre abierta dejaba pasar un haz de luz suficiente para notar lo que ocurría. El reino de las sombras no había terminado su conquista. Apenas respiraba, silencioso, sigiloso, con cuidado; guardando para siempre cada suspiro, porque con cada aliento se le escapaba el alma. El frío le había dejado la piel de gallina, blanca como la nieve, nieve derretida por el infierno de su piel. Pero tendido sobre la alfombra, sin la voluntad para moverse, todo distaba tanto de aquel cálido pasado. Todo tiempo pretérito, fue mejor, dice el refrán; supuso en ese momento que podría ser cierto. Le gustaba pasear por la playa a toda hora, sentir la brisa, el rocío. El único frescor que asolaba su rostro, eras esas lágrimas suicidas que preferían morir libres que atrapadas en un cuerpo miserable.

Todo en el cuarto estaba revuelto, los cartuchos yacían dispersos por todo el lugar, los sillones rasgados dejando al descubierto todos los secretos que por años habían guardado. Las mujeres de los cuadros que adornaban las paredes, no dejaban de gritar y llorar, correr de un lado a otro, con desesperación, haciendo nada.

Sus ojos se hacían cada vez más y más grandes, tratando de captar todo lo que no había visto antes, tratando de no olvidar, intentando permanecer en un sitio de donde ya había sido expulsado, y que por rebeldía lo estaban sacando a la fuerza. Aún así, se resistía.

Indudablemente pensó en ella; su vida; su cielo. Recordó con un resto de conciencia el primer “Te amo”, el último beso, esa sonrisa hasta ahora imborrable.
Pero ella… ¿dónde estaba ella?

Recorrió el lugar marchitado, con ojos envueltos en anhelo e ilusión, tal como un amante secreto busca la mirada furtiva de su amada en medio de la multitud, con intrepidez, sintiendo la adrenalina del temor a ser descubiertos.

La caja fuerte estaba vacía; habían reventado la cerradura y se llevaron lo poco que ahí estaba guardado. Todo estaba destrozado.

Sus pestañas no eran capaces de contener más el peso de la sangre que emanaba desde el agujero en su frente, y su rostro se tiñó de carmín.

Sintió que alguien se movía desde atrás, pero no era capaz de voltearse para saciar su inquietud. Unos dedos temblorosos rozaron su mano y se quedaron quietos de pronto. Sentía como se iban enfriando con el paso de los segundos; la apretó con fuerza, como si con su intento vano pudiera hacer que el tiempo retrocediera y se detuviera en alguno de esos paseos por el parque.
Llanto, sangre, más llanto y más sangre.

¿Por qué su muerte tardaba tanto en llegar?

Toda una vida sumido en un éter amargo de sueños rotos, rotos y tirados sobre una alfombra inmunda, en medio de un desastre… solo.

Seguía apretando fuerte su mano muerta, sin poder mirarla.

De espaldas así, embargado por un dolor más allá del físico, y junto a un cadáver, siguió esperando, con la mirada impávida, buscando el horizonte al cual huir.

1 comentario:

  1. "No soltaba su mano, porque al soltarla, dejaba atrás todo lo que juntos habían hecho y soñado.
    No soltaba su mano, porque en ese afán vano de la desesperación, ése que no tiene sentido, pensaba que no la estaba dejando partir.
    No soltaba su mano, porque al soltarla, él también, iba a morir."

    Siempre un gusto leer tus palabras, que muy escuetas han sido este año.
    Saludos pequeña.

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