Me pregunto, hasta cuándo vamos a seguir
así. Supongo que este vaivén de emociones le da una especie de sazón a tu vida,
la emoción que no puedes obtener de otro sitio, pero… ¿A costa de mi
estabilidad? No me parece justo.
¿Cómo fue que llegamos a esto, cómo fue que
pasamos desde hablar todo el día, a cada
rato, nos respondíamos en seguida, a ahora? En que incluso evitamos las
miradas. Dime algo, mi amor por Dios, que ya no quepo en la desesperación que
se alberga al interior de mi compungida alma.
Porque lo que más me aterra es llegar a
vieja, mirar atrás, verte a ti tan joven y lleno de vida, con esos ojos
rebosantes de espíritu que me estremecen cada vez que me miran, con un
potencial que incluso tú mismo desconoces, y pensar… “si tan sólo hubiera
insistido un poco más”.
Me paso la vida escribiendo sobre tí, sobre
este impetuoso sentimiento que no da abasto dentro de mí, soñando con nuestro
primer beso, predicando sobre cómo ir con los sentimientos por delante, pero
basta con una cuota de orgullo, para que todo lo que me propongo a decirte, a
gritarte en la cara y deshacerme para siempre de lo que me atormenta, se vaya
al real carajo.
¿Qué es esto? ¿De qué se trata? Es que no
puedo tenerte lejos, te llevo a donde quiera que vaya cuando lo que deseo es que
te marches de una vez por todas. Pero en cuanto empiezo a levantarme, vienes,
regresas y volvemos a empezar.
Pongámosle fin a esta situación, te lo
pido. Necesito dejar de pensar en ti. Pensar en lo que sea menos en esa piel
canela.
Sé que tus ojos hablan, pero no sé qué
dicen, pero los prefiero mirándome, pues sé que siempre dirán… lo que yo quiera
oír.
No hay comentarios:
Publicar un comentario