La vieja y el viejo no son tan diferentes,
aunque se llevan por sus buenos y dorados años. A pesar de que él tiene bigote,
y ella (cuestionablemente) no, comparten más que un lenguaje, un código, acuñado
conforme pasan y pasan sus días.
La vieja es setentera, el viejo se vanagloria de sus inolvidables ochentas.
Él viejo era fanático de los prisioneros, les hacía hasta el aseo. Era una nueva religión, una verdad inalienablemente juvenil, irreverente, cismática. La vieja vibraba escuchando estupefacta a los detenidos en frente de la radio del living. Más de alguna vez reconoció a alguno.
Vida de calle, con los vecinos de la cuadra; pavimento para ella, tierra, barro y piedras para él. Ninguno de los dos tenían interiorizado a la Marilyn, y menos quién/qué la había matado. Era la tele o el pan.
La vieja: monjas inglesas
El viejo: el internado
La vieja: pedagogía en castellano
El viejo: el seminario
La pichanga en la cancha de tierra, frente a la casa, se acaba a las 7 en punto, ya no había luz y los de arriba se tenían que ir, más de alguna vez se acabronaron con la pelota.
La vieja también, la luz se hacía miedo, y eran los cabrones quienes bajaban a esa hora.
Los dos miran con nostalgia el Nacional
(estadio) cuando pasamos por ahí. El viejo vino a ver y a gritar por sus
prisioneros. – Qué coincidencia- responde la vieja, mirando distraída hacia
otro lado.
Nunca quisieron dinero, si quedaron mal con
muchos, no son de los que bailan, y menos de los que sobran; fueron portadores
de corazones rotos, pero la fuerza… su fuerza, mi fuerza; vino con ellos.
El viejo y la vieja son bien parecidos en
realidad. Cuando se vaya uno, ligerito se irá el otro.
CHE MI MA RE!!!!!!!! TREMENDO ESCRITO!!!!!!!!
ResponderEliminarDe verdad, cada día mejor, amiga! Seca Mundial!